Domingo de la Trinidad (27 de mayo de 2018)

Hoy, domingo de la Trinidad, la Iglesia celebra a las Tres Personas Divinas que habitan en Dios. San Francisco de Sales nos dice que nosotros como comunidad hemos sido llamados a forjar una unión similar, basada en el amor puro:

El amor puro de la Trinidad se desborda sobre la salud spiritual de la familia humana. El Espíritu Santo, que habita en nosotros a lo largo de nuestra vida mortal, nos conduce hacia Cristo quien es el camino que nos lleva al Padre. Es la Trinidad la que hizo posible el misterio de Dios hecho hombre. Nuestro Salvador asumió nuestra semejanza y nos otorgó la Suya. Es sólo en Cristo, y a través Suyo, que podemos participar en la unión de amor puro de la Trinidad.

Nuestra salud spiritual está basada en la Encarnación. Nuestro Salvador amaba demasiado la verdad y la autentica bondad, como para dejarse tentar por la ambición, la codicia, o los honores que tanto daño nos hacen a nosotros. Nuestro Señor nos ha dicho que debemos amarnos los unos a los otros, y a mantenernos unidos de la forma más pura y perfecta posible. Es la imagen y semejanza de Dios, presente en nosotros y en los demás, la que debemos honrar y amar. San Pablo nos hace la siguiente recomendación: “Queridos hermanos, caminen siempre por la senda del amor por los demás como deben hacerlo los buenos hijos de Dios”. Pablo añade que él desea que nosotros demos también demos pasos gigantes como lo hiciera Jesús: amando y perdonándolo todo. Nosotros demostramos que verdaderamente somos hijos de Dios, cuando nos amamos los unos a los otros verdaderamente y con el corazón lleno de bondad.

La unión de las tres Personas Divinas es realmente imposible de imaginar. Sería presuntuoso esperar que nosotros podamos llegar a alcanzar una unión en el amor semejante a la de la Santísima Trinidad. Aún así, siempre debemos estar dispuestos a tratar de forjar una unión similar según nuestra condición humana. Todos hemos sido llamados a convertirnos en santos, pero para poder amar de manera divina debemos ante todo depositar nuestra confianza en la gracia de Dios, más que en nuestras propias fuerzas. Del mismo modo en que el amor de la Santísima Trinidad desborda en la familia humana, ojalá que nuestro amor se asemeje al de la Trinidad, y que desborde en los corazones de todas las personas a quienes encontremos cada día.

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente Los Sermones de San Francisco de Sales, L. Fiorelli, Ediciones).

Domingo de Pentecostés (20 de mayo de 2018)

Durante la Fiesta del Pentecostés podemos apreciar el Espíritu de la verdad que fortalece a los discípulos de Jesús, y que los impulsa a convertirse en testigos auténticos de Sus palabras y de Sus obras. San Francisco de Sales nos dice lo siguiente al respecto:

El amor sagrado que el Espíritu vierte sobre nuestros corazones es mucho más extraordinario que todas las otras formas de amor. El amor que el Espíritu no da, nos redime y nos concede la vida eterna. Durante la Fiesta del Pentecostés el Espíritu Santo infundió un nuevo vigor, fortaleció y llenó de virtudes a los discípulos de Jesús, para que ellos pudiesen continuar con la obra que comenzó nuestro Salvador por medio de la creación de la Iglesia.

Ustedes también están desempeñando una función apostólica dado fe de sus vidas como cristianos. El amor del Espíritu los faculta para continuar con la obra de nuestro Señor. Las labores que realicen, y que fluyan del amor del Espíritu, tendrán vigor y autenticidad, y crecerán como semillas de mostaza. Este divino Espíritu no duda en establecer su morada en nosotros. Por lo tanto debemos abrir un espacio en nuestro ser para el Espíritu Santo. ¿Qué debemos hacer para abrir este espacio? Lo primero que Dios nos pide es nuestro corazón. El espíritu, que vive en nosotros, desea abrir nuestro corazón a la bondad divina. El Espíritu de Jesús desea que nosotros experimentemos los frutos del amor divino. El Espíritu logra esto al concedernos los dones y las bendiciones derivadas del amor sagrado, por medio de las cuales podremos alcanzar la felicidad eterna.

Nuestro deseo, el poder alcanzar la plenitud de una vida sagrada, es una chispa de la llama divina y de la obra del Espíritu. Si nuestro deseo es embarcarnos en la pequeña barca de la Iglesia para navegar en medio de las aguas amargas de este mundo, nuestro Salvador nos ayudará a deslizarnos rumbo a la felicidad eterna. El hará todo lo posible por animarnos a tomar los remos con nuestras manos y remar. El nos ha prometido que si nos tomamos la molestia de remar nuestra barca, El nos conducirá a otro lugar que está lleno de vida. En la medida en que ustedes permitan al Espíritu engrandecer sus corazones, éste incrementara su habilidad para amar divinamente. Verdaderamente, ¡dichosos aquellos que deciden servir a Dios, aun cuando sólo sea un poco! ¡EL jamás permitirá que ellos sean improductivos ni infructuosos! ¿Quién entonces puede resistir el amor enriquecedor del Espíritu Santo?

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales y Santa Juana de Chantal).

Séptimo Domingo de la Pascua (13 de mayo de 2018)

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús que ora para que sus discípulos sean uno, y que se “consagren en la verdad”. Al respecto, San Francisco de Sales añade lo siguiente:

¡Qué agradable es ver que los hermanos y hermanas viven juntos en unidad! Cuando dos, o tres, o más almas comparten entre ellas el amor y el afecto sagrado, hasta el punto que logran establecer un espíritu único, es entonces que experimentan la verdadera amistad. Las amistades que son sagradas hablan con la verdad, y sólo alaban la virtud y el amor de Dios.

Para aquellos de nosotros que vivimos en el mundo, y que deseamos poner en práctica las verdaderas virtudes, es necesario que nos unamos a través de la amistad sagrada. Entre más grandes sean las virtudes que compartan entre ustedes, más perfecta será la amistad que los une. Ustedes se animan, se ayudan y se orientan los unos a los otros para llevar a cabo las buenas obras. Las personas que van por terreno llano no necesitan ayuda para caminar. Pero aquellos que transitan por terrenos ásperos se apoyan los unos en los otros para seguir adelante con seguridad. La única conexión entre ellos es la que genera el amor sagrado, al cual San Pablo se refiere como: “el vínculo de la perfección”. Este vínculo de amor crece con el tiempo y adquiere un nuevo poder: Nos proporciona calma y una verdadera libertad. Su fuerza es gentil y al mismo tiempo bastante sólida.

La presencia del amor de Dios en nosotros es lo que nos lleva a amarnos a nosotros mismos de una manera auténtica, y por consiguiente, a amar a los demás de la manera en que Dios desea que los amemos. Es el amor de Dios lo que nos permite apreciar a todas las criaturas. Amar a nuestros hermanos en la santidad, es amar a Dios en cada uno de ellos. Por lo tanto no debemos permitir que decaiga el cultivo de nuestra amistad con nuestros padres, nuestros familiares, nuestros vecinos, y con nuestro prójimo. Aún así, es cierto que vivimos en un mundo donde no todas las personas piensan ni sienten de la misma forma. He ahí el porqué necesitamos amistades particulares para que nos apoyen en los momentos en que nos vemos obligados a tomar caminos difíciles. Las verdaderas amistades son sagradas por que provienen de Dios, porque nos conducen a Dios, y porque perdurarán eternamente en Dios. ¡Qué maravilloso es el hecho de que podamos unir nuestros corazones aquí en la tierra, del mismo modo en que lo haremos en la eternidad!

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales).

Sexto Domingo de Pascua (6 de mayo de 2018)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que debemos permanecer en Su amor, y que al hacer esto nosotros aprenderemos a amarnos los unos a los otros. Al respecto, San Francisco de Sales hace la siguiente observación:

El amor nos lleva a adoptar la apariencia de todo aquello que amamos. Todos nosotros hemos sido otorgados una inclinación natural a amar a Dios. Sumado a esto los mandamientos nos ordenan amar a Dios, y a las cosas de Dios, por sobre todo lo demás. Desafortunadamente, a veces somos como águilas que poseen una visión bastante aguda pero que demuestran poco poder a la hora de volar. A veces, aún cuando somos conscientes de que la bondad de Dios es digna de nuestro amor, demostramos muy poca fuerza de voluntad para demostrar ese amor.

Aún así, nuestro corazón humano posee total capacidad para generar algunas manifestaciones iniciales de amor por Dios. Pero para que podamos alcanzar una verdadera madurez en el amor, ósea, para poder amar a Dios y a todas las cosas Dios, necesitamos del amor divino. Es por obra de la bondad de Dios que nuestro espíritu se eleva y logra unirse al amor de Nuestro Señor. Desbordados por el amor divino, regresamos entonces a compartir ese amor puro con nuestros semejantes.

Pretender amar a Dios sin amar a nuestros hermanos es imposible. Dios nos ha escogido como Sus hijos, por lo tanto nosotros estamos en la obligación de demostrar que lo somos amándonos los unos a los otros como hermanos, e invirtiendo en dicho empeño toda la bondad que puedan albergar nuestros corazones. En el momento en que decidió venir al mundo Nuestro Salvador elevó nuestra naturaleza por encima de la de los ángeles, y nos hizo tan a Su imagen y semejanza que podemos decir sin duda que somos un fiel reflejo de Dios. En el momento en que Nuestro Señor decidió hacerse humano, EL adoptó nuestra semejanza y nos entregó la Suya. ¡Es mucho y muy sincero el coraje que debemos reunir para poder vivir de acuerdo a lo que somos! Esmerémonos por imitarlo a EL, quien vino a este mundo a enseñarnos lo que debemos hacer: preservar en nosotros la divina semejanza.

Es esta misma semejanza divina, presente también en nuestros hermanos, es lo que hemos sido comandados a amar y a honrar. ¿No les parece que ese es un motivo más que suficiente para amarnos los unos a los otros? Dichosas serán siempre las naciones cuyos corazones reflejen la imagen de Dios.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales).

Quinto Domingo de Pascua (29 de abril de 2018)

En las lecturas del Evangelio de hoy Jesús que nos dice que EL es la vid y nosotros los sarmientos. Esto quiere decir que si nuestro deseo es dar muchos frutos, es necesario que permanezcamos en EL. San Francisco de Sales también nos dice que para poder contribuir a la expansión del reino de Dios en nuestros corazones, y en el mundo, es indispensable que vivamos a Jesús:

¡Qué felices seremos si, en medio de todas las imposiciones del mundo en que vivimos, mantenemos a Jesucristo vivo en nuestros corazones! Yo oro siempre para que EL continúe habitando y reinando allí eternamente. Ustedes deben continuar esforzándose por vivir a Jesús con confianza y sinceridad, por que la verdadera paz se origina en Su verdad.

Si Nuestro Salvador ha de reinar en nuestros corazones, para que así nosotros podamos dar muchos frutos, hay ciertas cosas que debemos poner en práctica. Primero, en la mañana deben preparar sus corazones para estar en paz. Pídanle a Dios que les otorgue la gracia, y ofrézcanle todas las obras buenas que realicen durante el día. De esta forma ustedes estarán preparados para asumir en paz y con serenidad todo el sufrimiento y el dolor que puedan llegar a encontrar hoy. Asegúrense a lo largo del día de que sus corazones retornen con frecuencia a ese estado de paz; encárguense de que ponerlos en todo momento a merced de Nuestro Salvador. Si así lo hacen, poco a poco van a notar que a medida que el divino Amante establece Su morada en lo profundo de sus corazones, el mundo vacío y sin sentido que ha ocupado ese espacio hasta ahora irá desapareciendo.

Esta es una tarea enorme, pero las personas que son generosas pueden llevarla a cabo con la ayuda del Creador. Aun así, deben estar preparados, por que aprender a mantener nuestra alma bajo control no es algo que ocurre inmediatamente. Es algo que requiere se seamos tolerantes con los demás, pero ante todo con nosotros mismos. ¿Acaso piensan que la paz interior es algo que se puede lograr sin tener que esforzarnos y sufrir reveses? Si ustedes le piden a Dios que les de paciencia, EL sin duda alguna se las otorgará si ustedes se esmeran, con mucha fe, por ponerla en práctica. Lo más importante es que no desfallezcan. Tengan paciencia, y mientras tanto, hagan todo lo que esté a su alcance para desarrollar un espíritu compasivo. Las cosas que más relevancia tienen en la vida son aquellas que hacemos con fe; son todas esas cosas que debemos hacer para promover la expansión del reino de Dios en nuestros corazones. Si nos empeñamos en esto, serán bastantes los frutos que daremos en este mundo.

(Adaptación de los escritos de Francisco de Sales, Juana de Chantal…. J. Power & W. Wright, Ediciones; El Directorio Espiritual, L. Fiorelli, Ediciones).

Cuarto domingo de Pascua (22 de abril de 2018)

En el Evangelio de hoy experimentamos a Jesús, quien se describe a Sí mismo como el Buen Pastor y nos cuenta lo que esto significa. San Francisco de Sales nos recuerda que todos somos pastores que deben cuidar de sus ovejas:

Nuestro Buen Pastor nos reúne a Su alrededor para mantenernos siempre bajo Su sagrada protección. Pero nosotros también somos pastores y tenemos un rebaño al que debemos cuidar. Nuestro rebaño son nuestros deseos, nuestros sentimientos y nuestras emociones. Debemos vigilar este rebaño espiritual, aprendiendo de Jesús cómo autogobernarnos.

Debido a que algunas veces perdemos fácilmente el dominio sobre nuestro ser, Nuestro Buen Pastor quiere que dejemos de tratar de auto-controlarnos, excepto para aceptar y cumplir con Su voluntad. Él desea que logremos alcanzar la plenitud. Siguiendo los pasos del Buen Pastor, aprenderemos cómo dirigir, controlar y ordenar nuestros deseos, sentimientos y emociones, de modo que se conformen a la bondad de Dios. ¿Qué podría ser más agradable para el Divino Pastor que el que le entreguemos nuestro amor para que pueda purificarlo? El amor sagrado es nuestro primer deseo. El verdadero amor se logra cuando dejamos de vivir según nuestros deseos egoístas, y empezamos a vivir según las inspiraciones y las persuasiones de Nuestro Salvador.

Nuestro Pastor nos alimenta dulcemente con un amor incomprensible. Él murió en el amor y por el amor. Para darnos la vida, Él padeció la muerte. ¿Qué nos queda? Debemos consagrar cada momento de nuestras vidas al amor sagrado de Nuestro Salvador que nos abrió las puertas a la vida eterna. Es decir, debemos hacer realidad todas nuestras obras, todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos de modo que la gloria de Dios pueda brillar a través de ellos. ¡Qué felices seremos si permanecemos en la presencia del Pastor, ayudándole con nuestra fe a que Su reino se haga realidad entre nosotros!

(Adaptado de la obra "Sermones" de San Francisco de Sales,L. Fiorelli, Ed., y el Tratado Sobre el Amor de Dios de San Francisco de Sales).

Tercer domingo de la Pascua (15 de abril de 2018)

En el Evangelio de hoy nos damos cuenta cómo se afirma la fe de los discípulos a medida que siguen experimentando la presencia de Jesús entre ellos. San Francisco de Sales nos dice que Dios también continúa afirmando nuestra fe:

¡Qué amorosa es mano de Dios cuando sujeta nuestros corazones! Tan experta es Su mano que puede llenarnos con su fuerza sin privarnos de nuestra libertad. El poder de Dios gentilmente nos da poder, mientras que el Espíritu Santo vierte sobre nuestros corazones los primeros rayos de la luz divina de la fe.

Estos movimientos del Espíritu son el principio del amor sagrado. Son los primeros y verdes capullos que brotan del alma en la primavera, y que reciben el calor de un Sol Celestial. Jubiloso, hermoso y gratificante, es este amanecer del amor sagrado. Aún así, es cierto que el amanecer no es el día. Estos movimientos del amor divino anteceden a nuestro acto de fe. Cuando Dios nos da la fe, Él entra en nuestro ser y nos habla a través de las inspiraciones.

Poco por poco nuestro Señor fortalece la gracia que la inspiración divina nos otorga. Dios nos propone de manera amable que debemos creer y aferrarnos a la luz de la verdad con un convencimiento discreto pero poderoso: sólo la fe puede darnos certeza y lograr que amemos y que creamos en la verdad del amor de Dios. La fe es la mejor amiga de nuestro espíritu, ya que paso a paso nos lleva de regreso a Dios.

Qué gentil es nuestro Señor con aquellos corazones que aceptan servir a Dios a través del cumplimiento de los mandamientos a lo largo de sus vidas. Yo creo que Dios nos ayudaría aún más de no ser por nuestras fallas y por los obstáculos que notros mismos colocamos en nuestro camino. Por lo tanto, debemos estar atentos a los avances que hagamos en el amor que le debemos a Dios. Si así lo hacemos, el amor que Dios nos brinda jamás nos parecerá poco, y nuestra fe en Cristo crecerá como creció la fe de los apóstoles después de la resurrección.

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales, en particular del Tratado Sobre el Amor de Dios).

Segundo Domingo de Pascua (8 de abril de 2018)

En el Evangelio de hoy los discípulos experimentan la verdadera presencia de Jesús después de Su resurrección. Él nos invita a que nosotros también creamos que se encuentra realmente presente entre nosotros. San Francisco de Sales observa lo siguiente:

A través la fe, Dios nos ayuda a aceptar, a comprender y a amar las verdades divinas que nos son reveladas. De nuestra parte, un acto de fe es elegir amar a Dios y a todo lo que provenga de Él. Cuando permitimos que los misterios de la revelación divina nos hablen, nuestra fe se consolida.

Cuando surgen las tentaciones en contra de la fe y de la Iglesia, hagan lo mismo que hacen cuando enfrentan otras tentaciones. No peleen con ellas. Arrodíllense a los pies de Nuestro Salvador. Díganle que ustedes le pertenecen y que necesitan Su ayuda, aún si no pueden hablar. Las tentaciones en contra la fe son una prueba como cualquier otra, y ustedes deben permanecer en calma. He visto a muy pocas personas progresar sin experimentar este tipo de pruebas. Por lo tanto, deben ser pacientes. Después de la tempestad, Dios envía la calma.

El amor sagrado le da vida a la fe. Sin duda alguna, mientras permanezcamos en esta vida, el movimiento imperceptible del amor de Dios en nosotros nos hace santos. Es el Espíritu Santo el que vierte ese amor divino en nuestros corazones. Tan pronto se trasplanta un árbol, sus raíces se extienden y se hunden en lo más profundo de la tierra que las nutre. Es sólo después, cuando vemos que el árbol sigue creciendo, que nos damos cuenta de que sus raíces se están extendiendo y que la tierra las está alimentando. De igual manera, gracias al amor divino, un corazón puede ser trasplantado de las cosas que no son de Dios a las cosas que sí lo son. Si este corazón ora fervientemente, seguramente continuará abriéndose y adhiriéndose a la bondad de Dios que lo nutrirá.

Reanimada por el amor sagrado, la fe viviente sirve a Dios; como un siervo fiel, hace todo lo que sabe y que reconoce que le agrada a Dios. Seamos siervos del amor de Dios como lo fueron los apósteles y los primeros cristianos. De esta manera seremos testigos de la presencia de Jesús entre nosotros, como comunidad viva de fe, de esperanza y del amor sagrado.

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales).

Domingo de Pascua (1 de abril de 2018)

Hoy experimentamos y alabamos el triunfo de Jesús sobre la muerte. También celebramos y damos la bienvenida a quienes hoy recibieron el sacramento del bautismo y que ahora están cubiertos con el manto de una nueva vida en Jesucristo. San Francisco de Sales nos habla del poder del amor de Dios a medida que nos despojamos de esas viejas prendas que nos alejaban de Él y nos colocamos la nueva prenda que nos da Jesucristo:

El amor divino que nos fortalece para que nos liberemos de aquello que cubría a Adán y que nos envolvamos con el manto de Jesucristo. Es el amor sagrado lo que nos permite vivir nuevamente en Dios. El amor divino entra en el alma para que ésta, llena de júbilo, se libere de todo aquello que no provenga de Dios.

Así es, debemos liberarnos hasta de nuestros afectos por las virtudes que para nosotros resultan agradables, beneficiosas y honorables, y que se adaptan a nuestros amores egoístas. Ahora debemos vestirnos con nuevos y diversos afectos. Quizás, con aquellos afectos a los que renunciamos porque son agradables para Dios, porque son para beneficio y honra de Dios y porque están destinados a la gloria de Dios. Esto significa debemos asumir los afectos apropiados para servir al amor de Dios. Por lo tanto, debemos amar a nuestros padres, a nuestro país, a nuestro hogar, a nuestros amigos, a todas las cosas, de la manera en que Dios desea que los amemos.

El amor del Dios, que es más fuerte que la muerte, nos permite renunciar a todo aquello que nos alejó de nuestra capacidad de amar de manera divina. El amor sagrado, magnífico como la resurrección, nos concede la gloria y el honor. ¡Gracias al amor de Dios, con alegría renunciamos a nuestro falso yo para que nuestro verdadero yo pueda resucitar en Cristo!

¡Aleluya!

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales, en particular del Tratado Sobre el Amor de Dios).

Domingo de Ramos/De la Pasión (Marzo 25 de 2018)

Hoy caminamos con Jesús rumbo al Monte Calvario. Con Su muerte en la Cruz, todos pudimos experimentar el amor abnegado que El siente por nosotros. Nosotros también hemos sido llamados a imitarle. San Francisco de Sales comenta:

Contraria a la sabiduría de la cultura, los verdaderos cristianos que buscan la santidad depositan toda su perfección en la locura de la Cruz. Todos los santos se hicieron sabios en su locura por seguir a Jesús. Ellos padecieron las humillaciones y el desprecio de los eruditos, los conocedores de la cultura. Aun así, ellos lavaron sus pies y sus manos en las aguas sagradas del perdón. Nosotros también debemos limpiar nuestras obras, y nuestros afectos, para poder glorificar a Dios.

Tal y como lo hicieron los Santos, debemos ir al Monte Calvario con nuestro Señor, pasar trabajos, y soportar persecuciones. Cuando los problemas externos e internos se apoderen de ustedes, tomen sus buenas resoluciones y, como lo haría una madre que rescata a su hijo del peligro, deposítenlas sobre las heridas de nuestro Señor y pídanle que los proteja, tanto a ustedes como a ellas. Quédense allí en el resguardo sagrado, y esperen hasta que la tormenta haya pasado. Con la ayuda de Dios progresarán bastante. Como nos demuestra Jesús, el hecho de que podamos pecar no significa que tenemos poder, por el contrario, significa que hemos quedado indefensos. Incluso las persecuciones que Jesús tuvo que soportar a manos de sus enemigos, no fueron lo suficientemente poderosas como para destruir el amor constante e incomparablemente sólido que Nuestro Salvador siente por todos nosotros. Así mismo debe ser el amor que hemos de tener los unos por los otros: firme, fervoroso, sólido y perseverante.

Cuando accedemos a amar de forma divina, deshaciéndonos de nuestra voluntariedad, nos asemejamos a los pájaros que emigran. Entonces emigramos de un mundo invernal, en el que encontramos corazones fríos, gélidos, a la primavera donde el amor de Dios es el sol que calienta al corazón humano. Este Fuego Sagrado nos llena de un amor infinito y totalmente entregado. Este amor jamás dirá: “Bastante es suficiente”. Nuestro Salvador nos amo con un amor tan fervoroso y perseverante, que incluso la muerte no consiguió enfriarlo. El amor divino es más fuerte que la muerte. Ojalá que permanezcamos siempre al pie de la Cruz de Nuestro Salvador para poder alimentarnos de Su amor abnegado, el cual hemos sido llamados a imitar.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, en especial de los Sermones)

Quinto Domingo de la Cuaresma (Marzo 18 de 2018)

En las lecturas del Evangelio de hoy (opción para el Ciclo A) podemos experimentar la firmeza de la fe que Martha y María han depositado en Jesús, al tiempo que EL resucita a su hermano Lázaro. San Francisco de Sales hace la siguiente observación al respecto:

Si nuestra fe en el poder de Nuestro Salvador posee la misma confianza que demostraron María y Martha, ésta puede vivificarnos. Entonces será en EL y de EL que esperaremos recibir toda la ayuda que necesitamos.

Nuestra confesión de fe es un acto voluntario de amor a Dios y a todas las cosas que provienen de EL. Nuestros corazones encuentran a Dios en la fuente de la fe. Cuando EL nos da la fe, EL entra en nosotros y le habla a nuestras mentes a través de las inspiraciones. Lo primero que Dios hace en nuestros corazones es hacer que despierte en ellos la bondad. Dios nos ve sumidos en nuestra miseria y, si nosotros demostramos que tenemos la voluntad necesaria, EL puede rescatarnos de esa miseria. La fe es la mejor amiga de nuestro espíritu, ya que nos exhorta a amar la verdad.

La fe es la chispa que enciende amor que nuestro corazón siente por todas las cosas que provienen de Dios. La fe nos permite ver que Dios es gentil con nosotros, y que constantemente nos llena de bondad. La fe nos permite ver que el amor eterno de Dios aviva la compasión en lugar de la justicia. Dios, por medio de las inspiraciones, nos lleva del amor al amor, como de una morada a otra, hasta que alcanzamos el más sagrado de todos los amores. El amor divino hace que nuestra fe cobre vida. La fe unida al amor sagrado produce frutos que son las buenas obras. A través de Sus obras, Jesús nos comprueba Su amor por nosotros de todas las maneras posibles.

Al resucitar a Lázaro de entre los muertos, nuestro amado Maestro nos muestra que de Su bondad provienen todas Sus obras. EL también se convirtió en nuestro alimento por medio de la Eucaristía. ¿Y acaso no fue EL quien llevó a cabo el más grandioso acto de amor posible al morir en una cruz, donde nos demostró que el amor es más fuerte que la muerte? Entonces, ¿podemos confiar plenamente en nuestro fiel Siervo y amar todo lo que EL ama? EL cuidado de Nuestro Salvador para con nosotros es superior a nuestras debilidades. Vivan su fe con júbilo y en el amor sagrado, como lo hicieron Martha y María. Del mismo modo en que lo hizo con Lázaro, Dios obrará maravillas en ustedes y avivará su fe con la vida eterna.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente el Tratado del Amor de Dios)

Cuarto Domingo de la Cuaresma (Marzo 11 de 2018)

El Evangelio de hoy (opción del Ciclo A) nos cuenta cómo Jesús curó a un hombre que había nacido ciego. Es Dios, a través de Jesucristo, quien nos provee los ojos de la fe, para que podamos contemplar el misterio del amor divino en toda su plenitud. San Francisco de Sales nos explica cómo Dios nos atrae a la conversión continuamente:

Sólo Dios puede iluminarnos y ayudarnos a salir de nuestra ceguera. En el momento en que EL nos da la fe, EL entra en nosotros y atrae nuestra mente por medio de las buenas inspiraciones. Dios nos propone los misterios de la fe de una forma tan agradable, que nosotros accedemos a ellos sin duda alguna y sin oponer resistencia.

La fe, la mejor amiga de nuestro espíritu, nos exhorta a amar la belleza que encierran las verdades del misterio de Dios. Cuando salimos a tomar el sol del medio día, escasamente alcanzamos a ver la luz cuando ya estamos sintiendo su calor. Lo mismo sucede con la luz de la fe. Tan pronto como la luz de la fe nos ilumina, empezamos sentir el calor del amor celestial. La fe nos permite saber con total certeza que Dios existe y que EL es la bondad infinita. Cuando las tentaciones hacen que cuestionemos nuestra fe, debemos contestar a dichos cuestionamientos con nuestro corazón y no con la razón. La razón admite sus limitaciones. La razón nos dice que aún cuando el misterio de Dios supera nuestra capacidad para comprenderlo, nuestra fe en Dios es completamente razonable. Al igual que San Agustín, afirmemos nuestra fe diciendo: “¡Señor yo sí creo, pero ayúdame con mi falta de fe!”

Llenos de fe enfoquémonos en cultivar el don de la conversión continua que Dios nos ha otorgado, y hagámoslo con sobrecogimiento y con plena confianza. Hagamos del amor de Dios algo efectivo en nuestras vidas, siendo firmes y perseverando en nuestros buenos deseos y nuestras resoluciones sagradas. Dios nos acerca hacia Sí mismo sin necesidad de obligarnos ni de recurrir a la violencia, sino valiéndose de los lazos de amor y de gentileza para que podamos comenzar a hacer todo lo que hacemos por medio del amor. Entonces no tengamos miedo de Nuestro Señor quien desea poseer nuestro corazón completamente. Por el contrario, pongámonos amorosamente en manos de nuestro Salvador quien desea obrar grandes milagros en nosotros, siempre y cuando le permitamos abrir nuestros ojos.

(Adaptación de los Escritos de San Francisco de Sales)

Tercer Domingo de la Cuaresma (Marzo 4 de 2018)

El Evangelio de hoy nos relata el pasaje de los catecúmenos en el momento en que se preparan para el bautismo. Escuchamos entonces que Jesús se acerca a una mujer que ha sido rechazada por la sociedad, y le ofrece “una fuente de agua que brota para la vida eterna”. San Francisco de Sales nos ha hablado en varias ocasiones sobre cómo Jesús nos ha llamado a liberarnos de la esclavitud del pecado, y a comprometernos a llevar una vida de santidad que nos conduzca a la felicidad eterna:

Muchas personas aspiran a alcanzar la santidad pero muy pocas logran obtenerla porque no caminan como debieran – fervientemente, y la vez llenos de serenidad; cuidadosamente, pero seguros de sí mismos. Esto quiere decir que debemos depender más de la Divina Bondad y Providencia que de nosotros mismos y de nuestras buenas obras. Debemos ser completamente fieles, pero no dejarnos llevar por la ansiedad ni la impaciencia.

Dios desea que nosotros hagamos todo lo que esté en nuestro poder. Esto quiere decir que Dios quiere que utilicemos medios comunes y corrientes para alcanzar la santidad. Debemos hacer uso de los dones que nos han sido otorgados de acuerdo a nuestra vocación, y mantenernos en paz en lo referente a todo lo demás. Si esto llegase a fallar, podemos estar seguros de que Dios jamás va a dejarnos desamparados mientras nosotros estemos dispuestos a cumplir con la Voluntad Divina. Ahora que nos hemos embarcado en esta travesía con Dios como nuestro guía, debemos confiar plenamente en que EL siempre estará atento a proveernos todo lo que podamos llegar a necesitar. Por lo tanto, cuando la ayuda humana nos falle, la providencia especial de Dios asumirá el mando y se encargará de nosotros. Dios prefiere obrar milagros antes que dejar desamparados, ya sea espiritual o temporalmente, a todos aquellos que confían totalmente en la Providencia Divina.

A veces decimos que no estamos seguros de que la voluntad de complacer a Dios que hoy sentimos prevalecerá en nosotros a lo largo de nuestra vida. La pregunta es válida, ya que no hay nada más débil y propenso al cambio que nosotros. Aun así, no nos preocupemos. Mejor demostrémosle a Nuestro Señor nuestra buena voluntad continuamente. Dejémosla en Sus manos; EL la renovará tantas veces como sea necesario para que perdure en nosotros durante por el resto de nuestra vida mortal. Una vez terminada esta vida mortal no habrá razón para sentir temor, ya que entonces que estaremos en un lugar seguro.

(L. Fiorelli, ed., Sermones para la Cuaresma de San Francisco de Sales.)

Segundo Domingo de la Cuaresma (Febrero 25 de 2018)

El Evangelio de hoy nos narra la experiencia vivida por Pedro, Juan y Santiago en el momento de la Transfiguración de Jesús. San Francisco de Sales comenta lo siguiente al respecto:

A través de la transfiguración Dios hizo un gran esfuerzo por demostrarnos que Jesús es verdaderamente el Salvador. En ese momento no había nada que los apóstoles desearan más que permanecer en presencia de Jesús. Yo les aseguro que jamás he dejado de orar para que el cielo les otorgue miles de bendiciones, y en especial para que puedan disfrutar de la bendición de la transfiguración en Nuestro Señor. Gracias a nuestro Salvador podemos escalar el monte Tabor ya que nos hemos decidido a servirlo y a amar su divina bondad. Debemos hacer uso de la esperanza sagrada para motivarnos los unos a los otros. Debemos deshacernos del amor por las cosas mundanas para que podamos continuar aspirando fielmente a la felicidad que EL ha preparado para nosotros.

No hay mejor oportunidad para demostrar nuestra fidelidad a Dios que cuando nos encontramos en una situación donde todo nos está saliendo mal. En esos momentos es cuando la tentación nos asecha e intenta hacer que nos sintamos insatisfechos con el mundo, que nos deprimamos por tener que vivir lo que estamos viviendo. No importa si estamos inmersos en el trajín de los eventos diarios o si estamos sumergidos en la soledad, siempre vamos a encontrar dificultades. Creer que podemos alcanzar la santidad sin tener que sufrir es engañarnos a nosotros mismos. Las cosas mas difíciles encierran mayores virtudes. Si se tropiezan no se molesten ni se sientan avergonzados. Más bien acudan a Nuestro Señor y a Nuestra Señora quienes extenderán sus manos bondadosas y siempre dispuestas a ayudarlos.

Ustedes deben seguir el ejemplo de las abejas. Mientras ellas se dedican cuidadosamente a producir la miel de la santidad, al mismo tiempo deben elaborar la cera de todas aquellas cosas mundanas. Por que si la miel resulta dulce al paladar de nuestro Señor, la cera también hace honor a EL, dado que ésta será utilizada para fabricar las velas que proveen luz a todos quienes nos rodean. Manténganse en paz, y caminen llenos de humildad y fidelidad por la senda que Dios les ha trazado. De esta manera podrán caminar con confianza. Nuestro Salvador quien los está transfigurando, los ha tomado de la mano y los ha encaminado por la senda de Su Gloria. Permítanle ser su Guía.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales .)

Primer Domingo de La Cuaresma (Febrero 18 de 2018)

En el Evangelio de hoy experimentamos el momento en que Jesús fue tentado en el desierto. San Francisco de Sales hace la siguiente observación al respecto:

Jesús no fue en busca de la tentación. El Espíritu Santo lo llevo al desierto para que fuera tentado. Si el Espíritu Santo nos guía hasta un lugar en donde encontramos una tentación, debemos confiar plenamente en que Dios nos dará la fuerza necesaria para resistir dicha tentación sin importar cuán fuerte parezca. Aún así, no importa cuán santos y generosos creamos que somos, jamás debemos confiarnos de nuestra propia fortaleza y coraje, y salir en busca de la tentación creyendo que podremos derrotarla. Debemos prepararnos para lograr sobreponernos a las tentaciones. Al igual que Jesús, debemos armarnos con la verdad de Dios. Esta verdad no es otra que la fe, la cual nos protege de la tentación. Cuando nosotros decimos “Yo creo” en Dios Todopoderoso, estamos depositando toda nuestra confianza en el poder de Dios, no en nuestra propia fuerza.

En el momento en que ustedes se percaten de que la tentación los está asechando, hagan lo mismo que hacen los niños cuando ven un lobo o un oso en el bosque: Ellos corren inmediatamente a los brazos de sus padres, o los llaman para que los ayuden y les brinden protección. Si la tentación persiste aférrense con fuerza a la Sagrada Cruz, vuélvanse a Nuestro Señor y enfoquen sus pensamientos en una actividad que sea productiva y constructiva. Nuestras tentaciones son como perros encadenados: si no nos acercamos a ellos no nos harán daño, aún cuando traten de asustarnos con sus ladridos.

A veces sucede que cuando nos enfrentamos a una tentación, al principio nos sentimos como si hubiésemos sido heridos por una emoción que nos resulta preocupante. Hasta puede que lleguemos a pensar que nos resulta imposible servir a Dios en la santidad. No se deje amedrentar por miedos infundados. Ármense con la verdad de la Palabra de Dios; EL los fortalecerá y les dará la gracia para perseverar y cumplir con todo lo que la gloria de Dios, y el bienestar y la felicidad de todos nosotros, requiere.

(Adaptación de los Escritos de San Francisco de Sales, principalmente “Los Sermones de San Francisco de Sales para La Cuaresma” de L. Fiorelli, ed.).

Sexto Domingo en el Tiempo Ordinario (Febrero 11 de 2018)

Hoy San Pablo nos dice que “todo lo que hagamos debe ser para dar gloria a Dios”. San Francisco de Sales nos habla un poco mas respecto a este tema:

¿Cómo lograr que “todo lo que hacemos sea en nombre de Dios” para que podamos vivir mejor?” Primero, debemos purificar nuestras intenciones hasta donde más podamos. Debemos hacer el firme propósito de aprovechar el día de la mejor manera, y que nuestra intención sea dar gloria a Dios y no a nosotros mismos. Debemos anticipar las oportunidades, las tareas y obligaciones que tenemos que cumplir hoy, y pensar cómo a través de ellas podemos servir a Dios. ¿A qué tentaciones se exponen? Puede ser la ira, el egoísmo o cualquier otro tipo de irregularidades. Prepárense con mucho cuidado para evitar, resistir y superar cualquier cosa que pueda entorpecer la legitimidad de sus esfuerzos por vivir en Jesús.

Para lograr hacer todas las cosas bien, primero debemos demostrar que poseemos la determinación para crecer y seguir el ejemplo de amor que Jesús nos enseño. Si desean poner esa determinación en práctica, pídanle a nuestro Salvador que les ayude a utilizar todos los medios a su disposición de la mejor manera posible, para que así puedan crecer en el amor sagrado y servirle. Admitan que ustedes por su propia cuenta no pueden cumplir con la resolución de evitar el mal y hacer el bien de la manera que Dios desea que lo hagan. Tomen sus corazones en sus manos y ofrézcanselos a Nuestro Salvador junto con todos los buenos deseos que tengan. Pídanle a EL que proteja sus corazones y que los fortalezca para que puedan crecer en Su autentico amor.

Acostúmbrense a orar y así lograrán que todo lo que hagan sea para dar gloria a Dios. Reciban los sacramentos con frecuencia. A medida que ustedes cumplen con las obligaciones propias de su vocación jamás se olviden de poner en práctica la humildad, la gentileza, la paciencia y la sencillez, todas las virtudes que crecen como flores a los pies de la cruz.

Mientras se dedican al cuidado de su familia con toda la diligencia requerida, ayuden a que ellos acerquen sus almas al amor de Dios e inculquen en sus corazones las buenas inspiraciones. Las oportunidades extraordinarias para servir a Dios se nos presentan rara vez, pero las oportunidades pequeñas se presentan con frecuencia. Cuando ustedes aprovechan el cumplimiento de sus responsabilidades para dar gloria a Dios, todas sus actividades incluyendo el comer, beber, dormir o divertirse, todo lo que hagan será en nombre de Dios, quien los guía hacia la autentica plenitud a través de Jesucristo.

(Adaptación de los escritos de San Francisco De Sales)

Quinto Domingo en el Tiempo Ordinario (Febrero 4 de 2018)

El Evangelio de hoy nos cuenta que en medio de tantas ocupaciones, incluso Jesús se veía en la necesidad de encontrar un espacio silencioso donde pudiese orar. San Francisco de Sales también hace énfasis en la importancia de poner en práctica la oración mental, al tiempo que nos ocupamos de cumplir con nuestras labores diarias. Para ello nos aconseja que hagamos uso de un método que es breve y simple:

Yo les recomiendo especialmente que pongan en práctica la oración del corazón. Tomen un momento cada día, preferiblemente y de ser posible temprano en la mañana, ya que a esa hora la mente está menos distraía y despejada después del descanso de la noche. Preséntense ante Dios. Recuerden que EL se halla presente de manera muy especial dentro de sus corazones, en el centro mismo de su espíritu. No se afanen por tratar de decir muchas cosas, simplemente hablen con el corazón. Un solo Padre Nuestro que oremos con verdadero sentimiento vale mucho más que si repetimos varias oraciones mecánicamente y a prisa. No se preocupen si no pueden terminar la oración que han empezado a decir en voz alta. Una vez que sus ojos se enfoquen en Jesucristo durante la meditación, todo su ser se llenará de EL. Entonces aprenderán de Su manera de ser, y moldearán sus actos en base al ejemplo que EL les ha dado.

Durante la meditación traten de seleccionar algunos de los pensamientos que hayan tenido y que más les hayan gustado, o que sientan que mejor se adaptan a su propósito de convertirse en mejores personas. Reflexionen sobre estos pensamientos con frecuencia a lo largo del día. Adopten decisiones puntuales con el fin de rectificar sus actitudes. Durante el transcurso del día, y con sumo cuidado, busquen oportunidades, pequeñas o grandes, que les permitan poner en práctica las resoluciones que han establecido. La oración ilumina nuestra mente con el resplandor de la luz de Dios, y expone a la calidez de Su amor celestial nuestra habilidad para tomar decisiones. Nada más efectivo que el amor de Dios para purificar nuestros pensamientos de la ignorancia y de nuestra obstinación por los afectos desordenados. La meditación hace que todos los buenos deseos que germinan en nosotros crezcan y florezcan, y nos ayuda a saciar las pasiones excesivas que se despiertan en nuestros corazones. Cuando nos acercamos a nuestro Salvador a través de la meditación y obedecemos Su palabra, sus actos y sus afectos, por SU gracia aprendemos a hablar, a actuar y a lograr que nuestra voluntad se asemeje a la suya.

(San Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota)

Cuarto Domingo en el Tiempo Ordinario (Enero 28 de 2018)

En las lecturas de hoy San Pablo nos dice que debemos “librarnos de la ansiedad”. San Francisco de Sales nos da ciertos consejos sobre cómo podemos manejar la ansiedad:

Existe una gran tentación de declararnos insatisfechos con el mundo y de afligirnos por ello, aún cuando necesariamente debemos estar aquí. Entonces imaginamos que nos sentiríamos mejor si estuviéramos en otro barco. Puede que eso sea cierto, ¡pero sólo ocurrirá si nos decidimos a cambiar! La soledad tiene sus arremetidas, el mundo tiene sus ocupaciones. Nosotros debemos demostrar coraje en ambas situaciones, dado que en ambas instancias la ayuda divina está disponible para aquellos que confían en Dios, y que humilde y gentilmente solicitan a Dios sus cuidados y ayuda.

Una de las fuentes de nuestra ansiedad es nuestro egocentrismo. ¿Porqué nos sorprenden nuestras imperfecciones? No deseamos nada más que consuelo. En los momentos en que experimentemos nuestra propia miseria y debilidades, debemos hacer tres cosas y entonces tendremos paz. Debemos tener una intención pura de encontrar el honor y la gloria de Dios en todas las cosas. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr este objetivo, y debemos dejar lo demás en manos de Dios para que EL se encargue.

Los pequeños ataques de la ansiedad y la tristeza, que son el resultado de las múltiples responsabilidades que tenemos, nos brindan la oportunidad de poner en práctica las mejores y más queridas virtudes que Jesús nos recomendó: la gentileza y la confianza en Dios. La verdadera virtud no se origina en la inactividad exterior, del mismo modo en que los peces saludables no crecen en las aguas estancadas de los pantanos.

Debemos mantener avivados en nuestros corazones la paciencia y el coraje, para que nos protejan de esos ataques sorpresivos de la ansiedad que hacen que nos llenemos de resentimiento, y que provocan que estallemos si alguien llega a molestarnos de algún modo. Cuando nos tambaleemos y caigamos no debemos sentirnos avergonzados por estar un poco sucios y polvorientos. Es mejor estar cubiertos de polvo que de llagas. Si nos entregamos al cuidado de Dios, y dejamos que el rocío celestial de Su amor nos sane, todo estará bien.

Tercer Domingo en el Tiempo Ordinario (Enero 21 de 2018)

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús anunciar que “El reino de Dios está cerca”, mientras invita a varios pescadores a seguirle. San Francisco de Sales hace la siguiente observación al respecto:

Dios emplea varios métodos para llamar a hombres y mujeres a su servicio. Para convertir a las personas EL hace uso de la predicación por encima de los demás métodos. A través del ministerio de la predicación Dios ha tocados los corazones de muchas personas, y los ha llamado a seguir vocaciones especiales. La predicación es como una semilla divina que los predicadores, a través de sus palabras, siembran en la tierra fértil de nuestros corazones.

Dios entra en contacto con otras personas cuando están leyendo un buen libro. EL se acerca a otros tantos mientras escuchan a alguien leer las sagradas palabras del Evangelio. Hay algunas personas que se sienten perturbadas por los infortunios, los problemas y el sufrimiento del que han sido víctimas en el mundo. Sin embargo, aún cuando Dios es todo poderoso y puede hacerlo todo, EL no desea quitarnos el don de la libertad que nos ha otorgado. Cuando llegue el momento en que Dios nos llame a su servicio, EL desea que nosotros aceptemos ir voluntariamente, no por la fuerza o por obligación.

Aún así, las personas que deciden unirse al servicio de Dios por que se sienten indignados con el mundo, o por que las aflicciones y la pena los mantienen intranquilos, tienen la posibilidad de entregarse a Dios libre y voluntariamente. Nuestra suficiencia viene de nuestro Redentor quien nos enseñó a ser buenos ministros, capaces de hacer cumplir la voluntad de Dios. Aquel que habita en Cristo participa de Su Espíritu divino, el cual habita en medio de nuestros corazones como una fuente viviente. Nuestras acciones, que hasta entonces eran frágiles como los juncos, serán convertidas en oro por medio del amor que el Espíritu Santo vierte sobre nuestros corazones. Nuestros corazones, inundados con el amor del Espíritu Santo, generan acciones que tienden a la gloria inmortal y nos llevan rumbo a ella.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente sus Conferencias Espirituales, I. Carneiro, Ediciones)

Segundo Domingo en el Tiempo Ordinario (Enero 14 de 2018)

Este domingo marca el inicio de la temporada litúrgica del Tiempo Ordinario. Las resoluciones que hicimos para el año nuevo ya se han convertido en parte de nuestra rutina. Aun así, San Francisco de Sales nos dice que nosotros hemos sido llamados a vivir una vida común y corriente de manera extraordinaria. Un elemento de esta manera extraordinaria es nuestro deseo de vivir una vida sagrada. Francisco añade lo siguiente:

¿Qué otras flores adornan nuestro corazón a parte de los buenos deseos? Tan pronto como los buenos deseos se manifiestan en nosotros, debemos podar todos los obstáculos inertes e inútiles que nos impiden vivir una vida sagrada. Los malos hábitos entran en nuestro corazón a toda prisa como galopando a caballo, pero cuando nos dejan lo hacen caminando a paso lento. Cuando tomemos la iniciativa de crecer en la santidad, debemos hacerlo con coraje y paciencia. Generalmente después de pasado un tiempo en que nos hemos esforzado por tratar de llevar una vida santa, nos vemos obligados a reconocer que aún seguimos sujetos a muchas imperfecciones. Esto puede hacer que caigamos fácilmente en la insatisfacción, la perturbación o la desmoralización. Pero no debemos permitir que nuestro corazón caiga en la tentación de abandonarlo todo y de retomar nuestra antigua forma de vida.

Por otra parte, hay quienes creen que son perfectos incluso antes de embarcarse en la búsqueda de la santidad. Ellos tratan de volar a pesar de que no poseen alas, y corren el grave riesgo de sufrir una recaída como ocurre a quienes dejan de seguir las indicaciones de sus médicos antes de haberse recuperado completamente. La tarea de tratar de crecer en la santidad debe continuar hasta el día en que Dios nos llame a entrar en nuestra morada eterna. No debemos permitir que nuestras imperfecciones nos perturben ¿si no estamos conscientes de nuestras fallas, cómo podremos corregirlas? El éxito de nuestra labor no consiste en ignorarlas, sino en reconocerlas. Siempre tendremos éxito si nos esforzamos por tratar de vencerlas. Jamás seremos vencidos a menos que perdamos nuestro coraje. Los defectos y los pecados veniales no pueden privarnos de nuestra vida espiritual. Por lo tanto, debemos tener una buena opinión de aquellos a quienes vemos practicando las virtudes de manera imperfecta, por que, como ya sabemos, incluso los santos practicaron las virtudes de esta manera.

(Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota)