Cristo Rey (26 de Noviembre de 2017)

A pesar de su popularidad dentro de la Iglesia, la celebración de Cristo Rey no fue incluida en el calendario litúrgico hasta 1925. San Francisco de Sales nos habla un poco más acerca de Jesús el Rey:

Jesús, el rey, fue llamado a convertirse en nuestro Salvador. EL deseó que otros, particularmente su santa Madre, pudieran compartir la gloria que encierra el liderazgo. Nuestra Señora Bendita nos pide que acojamos a su Hijo como el Rey de nuestros corazones, para que de este modo EL pueda reinar en nosotros. Sus mandamientos son buenos y muy útiles, ya que otorgan bondad a quienes de otra forma carecerían de ella, e incrementa la bondad en aquellos que continuarían obrando bien, aun si no fuesen mandados a hacerlo.

Es por ello que Jesús hizo que la bondad de Dios predominara por encima de la maldad. El reinado de Dios resulta realmente beneficioso cuando toma en cuenta nuestras miserias, y las hace merecedoras del amor divino. Cuando el Espíritu Santo vierte el amor divino en nuestros corazones, no sólo recobramos nuestra salud sino que también recibimos el poder necesario para participar en la obra de nuestro Salvador: Propagar el amor y el cuidado de Dios entre todos aquellos que se encuentren a nuestro alrededor.

Dado que el Señor nos ha sanado a todos por igual, y que EL desea que todos contribuyamos a difundir el conocimiento de Su Reino, nosotros también debemos amar todo aquello en los demás que, desde nuestro punto de vista, equivalga a una representación genuina de la sagrada Persona de nuestro Amo. No debemos amar nada de nuestro prójimo que sea contrario a esa imagen sagrada. Caminemos entonces de la misma forma en que lo hiciera Jesucristo. EL entregó Su vida, no sólo para sanar a los enfermos, para obrar milagros, y para enseñarnos los pasos que debemos seguir para llevar una vida humana de manera divina. EL también nos enseñó cómo entregar nuestra vida, con tanto amor como EL mismo lo hizo, por aquellos que pueden llegar a quitárnosla.

Qué felices somos cuando escogemos a Jesús como nuestro líder, quien nos otorga una paz y una calma sin igual si nos decidimos a seguirlo. Ojalá permanezcamos fieles a los deseos de nuestro Rey, para que así podamos comenzar en esta vida la obra que, con el favor del amor de Dios, continuaremos eternamente en el Cielo: Vivir en la gloria con Jesús quien, al haber vencido al mal por medio del bien, ha comprobado que EL es el verdadero Rey.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente los Sermones, L. Fiorelli, Ediciones).

Trigésimo Tercer Domingo en el Tiempo Ordinario (19 de Noviembre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que es igualmente importante y útil, el servirle fielmente haciendo uso de un talento o de varios. He aquí algunos pensamientos de la tradición salesiana respecto al uso de nuestros talentos:

¿Cuál fue el error del ciervo que enterró su único talento? Que desperdicio demasiado tiempo evaluando su capacidad para hacer el trabajo que hacia su amo. Se dedicó a pensar en todas las demás aptitudes que le hacían falta, y esto se convirtió en un obstáculo parar que pudiese cumplir fielmente las tareas que le habían sido asignadas. Se quedó aferrado a un falso sentimiento de seguridad. Sentía miedo del riesgo que implica el embarcarse en un viaje espiritual.

Colocar nuestros talentos al servicio de Dios implica que debemos ser pacientes con los demás, pero antes que nada con nosotros mismos. Como sucedió a la mayoría de los santos, nos tomará años poder librarnos de nuestros deseos egoístas, incluyendo nuestra ambición de lograr una falsa seguridad. Aún así, gradualmente iremos desechando nuestros afectos desordenados, y nos iremos abriendo a lo que Dios desea para nosotros. Entonces seremos libres de llevar a cabo nuestras actividades diarias, con plena confianza en que estamos cumpliendo con la voluntad de Dios. Nuestra verdadera seguridad, nuestra verdadera felicidad, se halla en Dios-quien nos otorga todo lo necesario para que podamos establecer Su reino en todas nuestras tareas diarias.

Jesús nos dice que a la hora de hacer el trabajo de Dios, quienes poseen un sólo talento son tan útiles e importantes como quienes poseen varios. Las abejas son un buen ejemplo de esto. Hay unas que se dedican a recolectar la miel, otras que cuidan de la colmena, y otras que la mantienen limpia. Sin embargo, todas se alimentan de la misma miel. Nosotros también, tanto los fuertes como los débiles, trabajamos juntos en Cristo. Los siervos fieles hacen todo lo que saben para complacer a Dios, quien llena el vacío que sienten. A través de sus obras diarias ellos dejan entrever su potencial para unirse a EL. Ellos reconocen que Dios rige cada una de sus las actividades que llevan a cabo día tras día. Bienaventurados son aquellos que hacen uso de sus talentos para establecer el amor de Dios a su alrededor. ¡EL jamás les permitirá ser improductivos! No importa si tan sólo pueden hacer algo mínimo por Dios, EL de igual manera les colmará de bendiciones en esta vida y en la próxima.

(Adaptación de los escritos de San Francis de Sales)

Trigésimo Segundo Domingo en el Tiempo Ordinario (Noviembre 12 de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que quienes experimentan el reino celestial son sabios y prudentes. San Francisco de Sales nos ofrece las siguientes observaciones al respecto:

Los buenos cristianos, quienes viven en este mundo materialista, deben hacer uso de la prudencia para poder mejorar su situación. Deben dedicarse al cuidado de sus familias y a atender las necesidades. Si actuaran de otra manera estarían faltando a sus responsabilidades. Aún así, los buenos cristianos también confían en la sabiduría de Dios, por encima de sus habilidades propias. Ellos trabajan fielmente, pero permiten que Dios se preocupe por sus trabajos. Las obras que realizan resultan insignificantes, si tienen en cuenta tan sólo el hecho de que la dignidad de dichas obras se debe a que han sido establecidas por la voluntad de Dios, dispuestas por la Providencia, y proyectadas de acuerdo a Su sabiduría. La sabiduría de Dios es el amor que EL siente por nosotros.

Aún así, el problema del espíritu humano es que éste casi nunca escoge mantenerse en un curso neutral sino que usualmente opta por irse a los extremos. Podemos preocuparnos demasiado por nuestro bienestar, o ser totalmente indiferentes al respecto. Cuando nos empeñamos en tratar de seguir siempre por un camino recto, es natural que de vez en cuando nos inclinemos hacia un extremo u otro. Podemos recobrar nuestro equilibrio si escogemos la sabiduría y la prudencia de Dios, porque éstas nos acercan a Su amor, y nos ayudan a rechazar todo aquello que nos pueda hacer mal.

No permitamos que los deseos terrenales se interpongan en el camino de la sabiduría amorosa de Dios. En la medida en que reorganicemos nuestras vidas por medio de la oración y de la práctica de las virtudes, nos daremos cuenta de que el amor de Dios nos dará la fuerza para actuar equilibradamente, y para que nuestros esfuerzos por vivir sabiamente sean fructíferos. Debemos ser como los niños que con una mano se aferran a sus padres, mientras que con la otra arrancan moras de las zarzas. Así entonces, si con una mano ustedes manejan los bienes de este mundo, con la otra deben sujetar siempre la mano de su Padre celestial, cuya amorosa sabiduría nos proporciona infinidad de medios para que podamos entrar en el reino de los cielos.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario (5 de noviembre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que debemos ser siervos buenos y fieles que se preocupan por la ley y el pueblo de Dios. San Francisco de Sales nos dice lo siguiente:

Nuestro Señor solo desea que seamos totalmente receptivos a Su voluntad para con nosotros. Cuando acogemos la voluntad de Dios consagramos nuestros corazones a Su amor. Deseamos servir a Dios fielmente tanto en las tareas grandes como en las pequeñas. Las moscas nos incomodan no por su fuerza, sino debido a que son muchas. Igual sucede que muchas tareas triviales nos dan más problemas que aquellas que son importantes. Aunque debemos estar prestar atención a las tareas que Dios nos ha encomendado, no debemos dejar que éstas nos preocupen. La preocupación impide nuestra capacidad para razonar y nubla nuestro buen criterio. Así pues, sin prisa, intenten realizar sus tareas con calma y de manera ordenada, una después de la otra. Con cuidado, pongan en orden sus asuntos para hoy con la mente serena. Mañana se encargarán de poner en orden otras cosas.

La ansiedad es el deseo de escapar de algo difícil en el presente o de obtener un bien que se esperaba. Cuando no tenemos éxito de la manera que deseamos, nos sentimos ansiosos e impacientes. Nada obstaculiza nuestro progreso en el amor sagrado más que ansiedad. Es por ello que debemos tener mucho cuidado de que nuestro corazón sea flexible y receptivo al amor de Dios. Cuando permitimos que el amor divino rija sobre nuestras tareas, nuestro amor no es menor que cuando oramos. Nuestro trabajo y nuestro descanso alaban y sirven felizmente a Dios. Por lo tanto, nuestros deberes diarios brillan como si fueran obras de santidad. Por una sola taza de agua, nuestro Salvador les prometió a sus fieles un mar de dicha perfecta.

Estamos dispuestos a recibir la voluntad de Dios cuando llevamos a cabo con amor nuestras pequeñas obras de caridad y cuando aceptamos todas las pequeñas pruebas a lo largo del día. Tales oportunidades se nos presentan de un momento a otro. Hacer pequeñas obras con una intención realmente pura para complacer a Dios es hacerlas de manera excelente. Entonces nuestras tareas diarias hacen que el amor divino crezca, porque vivimos a Jesús quien nos enseña cómo ser buenos y fieles siervos de Dios.

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales.)

CONMEMORACIÓN DE TODAS LAS ALMAS (2 de Noviembre de 2017)

Hoy celebramos la Fiesta de todas las almas. En el Evangelio de hoy experimentamos el momento en que Jesús nos revela que fuimos creados para la vida eterna. San Francisco de Sales observa lo siguiente:

Desde las alturas del cielo, Jesucristo nos mira con misericordia y nos invita a llegar allí. Él nos dice, “Vengan, queridas almas, y encuentren el descanso eterno en mis brazos generosos. He preparado deleites imperecederos para ustedes en la abundancia de mi amor”.

Consideren la nobleza y la excelencia de su alma. Nuestra alma es espiritual e inmortal. Reside en nuestro cuerpo; tiene entendimiento; tiene voluntad propia. Nuestra alma es capaz de saber, de razonar de juzgar y de ser virtuosa. En todo esto se parece a Dios, quien nos puso en este mundo para darnos gracia y gloria. Ustedes se preguntarán, “¿Cómo podrá mi alma, de ahora en adelante, entregarse completamente a Dios quien ha realizado tantas maravillas y gracias en mi?”

Al igual que las abejas, que permanecen solo entre las flores vivas, nuestros corazones solo encuentran descanso en Dios. Dios no desea que nuestro corazón encuentre otro lugar de descanso. Como la paloma que salió del arca de Noé solo para regresar a él, nosotros debemos regresar a Dios, quien nos ha mandado adquirir las virtudes sagradas. La verdadera virtud nos acerca a Dios. Aún así, no debemos preocuparnos si nos damos cuenta que somos muy novatos en la práctica de la virtud. El principal beneficio para nuestras almas es que en esta vida tan breve, es que pueden crecer sin límite en el amor por Dios.

Hagamos lo que sea necesario para adquirir las virtudes sagradas, pero si nuestro progreso en la santidad resulta deficiente, permanezcamos en paz y esforcémonos por hacer mejor las cosas a futuro. Debemos cultivar bien nuestras almas y atenderlas. Pero como los cultivos abundantes, el resto depende de Dios. Avancen hacia la eternidad. Aléjense de todo aquello que pueda desviarlos de la senda. Recuérdenle a su alma que merece la eternidad. Llenen su alma de coraje y agradézcanle a Dios, quien los creo para tan gran fin.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, en particular la Introducción a la Vida Devota).

Trigésimo Domingo en el Tiempo Ordinario (29 de Octubre de 2017)

En las lecturas del Evangelio de hoy escuchamos a Jesús decirnos que debemos amar a Dios y a nuestros hermanos. Estos mandamientos son la base de la Espiritualidad Cristiana, y están presentes en todos los escritos de San Francisco de Sales:

Para demostrarnos cuán ferviente es el deseo de Dios por nuestro amor, EL nos exige ese amor en términos maravillosos: “Amarán al Señor con todo su corazón, con toda su alma, y con toda su mente. Este es el primer y más grandioso de todos los mandamientos”. Muchas veces nosotros creemos que Dios es tan grande, y nosotros tan pequeños, que seremos incapaces de amarlo. Entonces, para que no nos desanimemos y nos alejemos del amor de Dios, se nos ha dicho que somos sumamente capaces de amarlo con toda nuestra fuerza, incluso a pesar del pecado.

Amar a Dios por encima de todas las cosas significa que debemos colocar a Dios por sobre todos nuestros ídolos; porque nuestros corazones tienden a perseguir demasiadas cosas materiales y consuelos espirituales. Más aún, tan pronto como las obtenemos se agita en nosotros el deseo de empezar a buscarlos de nuevo. Nada nunca satisface nuestro corazón. La voluntad de Dios es que nuestro corazón no halle morada permanente en nuestros ídolos; que sea libre para regresar a EL, de quien proviene. Las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido. Igualmente sucede con nuestro corazón. Nuestro corazón sólo puede hallar descanso en el amor de Dios. ¿Por qué entonces queremos interferir con ese deseo que sentimos por el amor de Dios, y nos dedicamos a perseguir otros amores?

El mandamiento que nos dice que debemos amar a Dios es mucho más importante que el mandamiento de amar a nuestros semejantes. Pero nuestra naturaleza se resiste con más fuerza a amar a los demás. Sin embargo, cuando depositamos nuestra confianza en el amor de nuestro Salvador, nos llenamos de coraje para amar la imagen de Dios que habita en los demás, y que frecuentemente está oculta a nuestros ojos. Entonces aprendemos a reconocer la semejanza con el Creador presente en nosotros y en los demás. Porque amar a Dios plenamente es amar todo aquello que es de Dios, y que está presente en todas las criaturas. Imitemos a Jesús, quien nos enseño mucho más a través de Sus obras que de Sus palabras. Nos enseño cómo amar a nuestro Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente, y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

(Adaptación tomada de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente El tratado del Amor de Dios).

Vigesimonoveno Domingo en el Tiempo Ordinario (22 de Octubre de 2017)

El Evangelio de hoy nos dice que debemos dar a Dios lo que es de Dios, y al estado lo que pertenece al estado. San Francisco de Sales observa que, para poder disfrutar de un estado justo, debemos obedecer a aquellos a quienes Dios ha otorgado la autoridad para gobernar. Sin embargo, él se enfoca más en lo que “es de Dios”, y lo explica a través del concepto de “la obediencia del amor”:

Nosotros poseemos un deseo natural de amar a Dios, que también nos dice que pertenecemos a EL. Somos como ciervos que llevan las iniciales de su dueño grabadas en la piel. Aún cuando él les permite deambular libremente por el bosque, todo el mundo sabe a quién pertenecen dichos ciervos. De manera similar, nosotros también somos libres, y nuestra inclinación natural de amar a Dios permite a nuestros amigos y enemigos saber que pertenecemos a EL, quien desea mantenernos unidos bajo la “obediencia del amor”.

Esta obediencia del amor consagra nuestro corazón al amor y al servicio de Dios. Jesús es el modelo a seguir. Cuando nosotros depositamos todos nuestros deseos en manos de Dios, estamos permitiendo que sea EL quien nos forme y moldee. Ese tipo de obediencia no necesita de amenazas, ni recompensas, de mandamientos, ni de ley, para despertar en nosotros. Se anticipa a todas estas cosas ya que se entrega libremente a Dios. Con sumo amor se da a la tarea de llevar a cabo todo lo que contribuya a la unión de nuestro corazón con EL, y emprende dicha travesía con naturalidad.

Algunas veces nuestro Señor nos urge a que corramos a toda velocidad para cumplir con las tareas a nuestro cargo. De pronto nos hace detenernos a mitad de la carrera, cuando más afianzados nos sentíamos en nuestro recorrido. Aún cuando debemos hacer todo lo posible por llevar a buen término la obra de Dios, debemos también acoger los resultados con tranquilidad. Nuestra obligación es sembrar y regar cuidadosamente, pero el crecimiento pertenece exclusivamente a Dios.

No obstante, del mismo modo en que una dulce madre guía a sus pequeños hijos, les ayuda, y los sostiene en la medida en que ella ve la necesidad de hacerlo, nuestro Salvador también nos carga, y nos toma de la mano cuando nos enfrentamos a dificultades insoportables. Disfrutemos entonces de la serenidad de corazón, adoptando la obediencia del amor que nos une a Dios, a quien pertenecemos.

(Adaptación tomada de la obra de San Francisco de Sales, en particular el Tratado Sobre el Amor de Dios)

Vigesimoctavo Domingo en el Tiempo Ordinario (15 de Octubre de 2017)

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús decirnos que quienes responden a la abundante gracia de Dios podrán entrar en Su reino. San Francisco de Sales nos habla un poco más acerca de esa respuesta que se espera de nosotros:

La bondad suprema de Dios ha vertido abundantes bendiciones sobre toda la familia humana. La voluntad de Dios es que todos logremos la salvación por medio del conocimiento de la verdad que nuestro Salvador vino a entregarnos- el fuego del amor sagrado- y desea que éste permanezca encendido en nuestros corazones.

¡Con qué fervor Dios desea nuestro amor! EL nos demuestra ese deseo colmándonos de amor divino. Dios, el sol de la justicia, nos envía numerosos rayos de inspiración, calienta nuestros corazones con bendiciones, y toca a cada uno de nosotros con el encanto del amor divino. La inspiración de Dios es la fuerza que da aliento a nuestra voluntad; la ayuda, la refuerza, y la mueve con tan suma gentileza que ésta acaba deseando volar libremente en busca del bien que encuentra en la inspiración de Dios.

Dios depositó en sus corazones las inspiraciones sagradas y ustedes las recibieron; cooperaron con ellas al consentirlas. Su voluntad comenzó a moverse libremente al unísono de la gracia celestial. Dios continuó fortaleciendo sus corazones a través de varios movimientos; hasta que finalmente llegó el momento en que EL inculcó en ustedes el amor sagrado, y ese amor se convirtió en fuente de vida y salud perfecta. No obstante, en todo momento ustedes tuvieron la libertad para aceptar o rechazar la divina bondad.

Solía decirse que un pequeño pez poseía el poder para detener a un buque navegando en alta mar. Sin embargo, ese pez no tenía el poder para hacer que el barco zarpara. Igual sucede con nuestro libre albedrio. Cuando el viento favorable de la gracia de Dios llena nuestra alma, todos tenemos plena libertad de escoger si lo recibimos, o lo rechazamos. Pero cuando nuestro espíritu zarpa, y se encamina una prospera travesía, no somos nosotros quienes hacemos que los vientos de la inspiración nos lleguen. Es Dios quien mueve el barco, que es nuestro corazón. Nosotros simplemente recibimos y consentimos ese viento proveniente del cielo. ¡Bienaventurados son aquellos que responden a la palabra de Jesús desde el fondo de sus corazones, porque el Reino de Dios les pertenece!

(Adaptación tomada del Tratado Sobre el Amor de Dios, de San Francisco de Sales)

Vigesimoséptimo Domingo en el Tiempo Ordinario (8 de Octubre de 2017)

En las lecturas del Evangelio de hoy Jesús nos dice que el Reino de Dios le será otorgado a aquellos que caminan por la senda del Señor, que es la senda de la verdad y del amor sagrado. San Francisco de Sales ahonda un poco más sobre este tema cuando nos dice:

¡Qué felices seremos si amamos esa divina Bondad que ha dispuesto tales favores y bendiciones para nosotros! Dios se convirtió en uno de nosotros para que pudiésemos ser como EL. Nuestro Salvador nos dio Su vida, no sólo para que curáramos a los enfermos, para que obráramos milagros, y para enseñarnos lo que debemos hacer para poder llevar una vida llena de alabanza y salud. El también dedico su vida entera a moldear Su propia cruz, soportando los insultos de todos aquellos por quienes hizo tanto bien. El escogió dar Su vida por Su pueblo, que ultimadamente lo rechazó.

Vivir en nuestro mundo, y vivir en contra de los valores culturales que enfatizan la necesidad de poseer riquezas materiales, que exaltan la ambición egoísta y el poder, equivale a nadar contra la corriente del río de esta vida. Sin embargo, nosotros podemos deshacernos de todas estas pasiones desordenadas si ponemos en práctica la gentileza interior, la humildad, la sencillez, y por encima de todo, el amor sagrado. Cuando desechamos todo aquello que habita en nosotros, que no proviene de Dios, estamos haciendo un esfuerzo por llevar una autentica vida humana de verdad y amor sagrado. Dado que nadie puede alcanzar una vida así sin la ayuda de Dios, esa vida requiere que continuamente nos apartemos de nosotros mismos para recibir la bondad que EL nos ofrece. Quienes escogen el amor divino de Dios viven por encima de sus deseos egoístas: ya no viven por ellos mismos, sino que viven en, y por el Salvador.

Las abejas primero son larvas, pero abandonan dicho estado para poder convertirse en abejas voladoras. Nosotros hacemos lo mismo. Si llevamos una vida de gracia, lograremos una nueva existencia humana más sublime de la que teníamos antes de que aceptáramos el amor de Dios. Esta nueva vida de amor celestial anima y revive nuestra alma. Entonces, con la ayuda de Dios, adquiriremos la capacidad de dedicar nuestra existencia a caminar por la senda del amor divino. Como los hijos más queridos de Dios, podremos cosechar generosamente los frutos de la verdad y del amor sagrado que se encuentran en el Reino de Dios.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, en especial los Sermones, L. Fiorelli, Ediciones)

Vigesimosexto Domingo en el Tiempo Ordinario (1 de Octubre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que si creemos en EL, y vivimos Sus enseñanzas, podremos entrar en el reino de Dios. Al respecto, Francisco de Sales nos dice lo siguiente:

Jesús ha venido para enseñarnos lo que debemos hacer para amar de forma divina. Su mensaje confunde a esa cultura que nos incita a perseguir logros falsos, una cultura que constantemente nos vende ideas como “¡Qué felices que son las personas acaudaladas!” A los ojos de Jesús, los bienaventurados son aquellos que viven la vida con plena confianza en Dios. Ellos obtendrán la paz y la tranquilidad perpetua. Ellos escuchan la palabra de Dios, la reciben, y se benefician de ella.

Existen dos razones por las cuales las personas no se benefician de la palabra de Dios. En primera instancia, puede que verdaderamente la escuchen y que ésta remueva algo en su interior, sin embargo deciden no hacer nada al respecto hasta el día siguiente. Nuestra vida es el hoy que estamos viviendo. ¿Quién puede prometerse a sí mismo un mañana? Nuestra existencia consiste en el momento presente que vivimos ahora. Sólo contamos con la certeza de este instante que estamos disfrutando, sin importar cuán breve sea.

Segundo, hay personas que poseen una gran cantidad de conocimientos, que se dedican a acumular todo tipo de consejos espirituales y de información, pero jamás los ponen en práctica. La única forma en que realmente aprendemos algo de las enseñanzas impartidas por Jesús, es cuando las hacemos parte de nuestra vida diaria. Para vivir a Jesús debemos darnos la oportunidad de deshacernos de nuestras emociones, hábitos, y afectos desordenados.

Debemos transformar nuestras emociones y afectos para que nos ayuden a convertirnos en personas que aman de manera divina. Esto sólo podremos hacerlo, una vez que desechemos todo aquello que haya en nosotros que no provenga de Dios. Para poder dejar nuestros vicios debemos poner en práctica las virtudes que nos ayudan a contrarrestar los vicios de los que queremos librarnos. Por ejemplo, si nuestra ira está fuera de control debemos poner en práctica la gentileza y la paciencia. No se preocupen por nada que no sea seguir las enseñanzas de Jesús. Confíen en la bondad de Dios; EL sin duda alguna les otorgará todo lo que necesitarán para poder entrar en Su reino.

(Adaptación de los Sermones de San Francisco de Sales,

L. Fiorelli, Ediciones)

Vigesimoquinto Domingo en el Tiempo Ordinario (24 de Septiembre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos habla sobre el Reino del cielo: un lugar donde la misericordia generosa de Dios, y su bondad, exceden completamente nuestra concepción de la justicia. San Francisco de Sales nos hace la siguiente observación:

Cuando llegamos al punto en que hemos perdido toda esperanza de hallar el bien en las personas, es precisamente en ese instante que la infinita misericordia de Dios resplandece, y supera la justicia Divina. El proceder de Dios no es como el nuestro. Dios prefiere obrar milagros antes de dejarnos desvalidos. Es por esta misma razón que nuestro Salvador vino a redimirnos y a liberarnos de la tiranía del pecado. El corazón de nuestro Salvador está completamente lleno de misericordia y de bondad para con la familia humana.

La providencia de Dios posee más sabiduría de la que nosotros poseemos. A veces creemos que nos sentiríamos mejor si estuviéramos en otro barco. Puede que eso sea cierto ¡pero eso solo sucederá si logramos cambiar! La tentación de sentirnos insatisfechos, y de deprimirnos a causa del mundo en el que debemos vivir, siempre está latente en nosotros. No debemos desfallecer. Dios jamás nos abandonará. Somos nosotros quienes lo abandonamos a EL.

Cuando estamos preocupados no deseamos alejarnos de Dios. Una onza de virtud puesta en práctica en tiempos de adversidad, vale más que mil libras de virtud demostradas en tiempos de prosperidad. Puede que seamos débiles, pero nuestras debilidades jamás se igualarán a la inmensa misericordia que Dios demuestra a quienes desean amarlo, y a quienes depositan toda su confianza en EL. El problema, es que todos los rincones y las esquinas de nuestros corazones están abarrotadas con miles de deseos que impiden a nuestro Salvador colmarnos de todos los dones que EL quiere entregarnos.

Nosotros debemos ser como el marinero que mantiene sus ojos fijos en la aguja de la brújula a medida que direcciona su barco. Nosotros debemos mantener nuestros ojos bien abiertos para poder corregir nuestras ambiciones, y para tener una sola: complacer a Dios. Permitamos a nuestro Señor reinar en nuestros corazones, tal y como EL desea hacerlo. Si hacemos esto podremos estar en paz, y vivir sin apuros ni miedos dentro de nosotros, y podremos seguir nuestro camino. En la medida en que busquemos hacer el bien, y que nos mantengamos anclados en nuestro deseo de amar a Dios, estaremos avanzando por el camino correcto.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Vigesimocuarto Domingo en el Tiempo Ordinario (17 de Septiembre de 2017)

Las lecturas de hoy nos retan a que aprendamos a perdonarnos los unos a los otros. A continuación presentamos una recopilación de algunos pensamientos en relación al perdón que reflejan las enseñanzas de San Francisco de Sales:

El perdón es algo difícil de lograr. Incluso cuando deseamos perdonar a veces permitimos que sentimientos como la ira nos dominen. Si dejamos que la ira reine en nuestros corazones ésta pasará de ser un retoño para convertirse en una rama grande. El principal motivo por el cual no debemos albergar el enojo dentro de nosotros, es que éste no nos permite florecer como seres humanos sanos y alegres. El perdón por el contrario nos conduce a la plenitud en Cristo, cuyo espíritu inunda nuestro interior con el amor eterno.

Aún así, las heridas que se abren una y otra vez nos recuerdan que nunca podrán ser eliminadas completamente. Justo cuando creemos que hemos triunfado y alcanzado el perdón, descubrimos la ira revuelta una vez más en nuestros corazones. Aún cuando la hemos echado por la puerta de en frente, la rabia, como un ventarrón, se cuela de nuevo por cualquier ventana trasera que se haya quedado sin reparar.

No obstante, en ninguna parte está escrito que debemos permitir que nuestras debilidades controlen nuestras vidas. Dios no nos exige que impidamos a la ira entrar en nuestros corazones. Lo que El desea es que no toleremos que el enfado domine nuestros corazones. Poco a poco debemos aprender a perdonar, a medida que vamos depositando de nuevo, y con gentileza, nuestro corazón en manos de Dios, y le pedimos que lo sane. Díganle a Dios que ustedes desean perdonar del mismo modo en que Jesús perdono. Porque a Jesús a quien debemos encomendar todos nuestros afectos.

Si alimentamos el amor sagrado en nuestro corazón, por medio de la oración y de la práctica de los sacramentos, seremos más receptivos al poder del perdón. El perdón se manifiesta de manera más completa cuando accedemos a que nuestro Salvador entre en nuestros corazones, y que examine todas las habitaciones que necesiten reparación. No debemos dejar que nuestros padecimientos nos perturben, por el contrario, debemos encontrar el esplendor oculto en ellos para que el poder de Dios pueda brillar a través nuestro. Nuestro dolor más profundo nos recuerda nuestras debilidades, y nuestra necesidad de ser más compasivos frente a las debilidades de los demás. Es ahí donde reside el verdadero poder del perdón.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Exultación de la Santísima Cruz (14 de Septiembre de 2017)

Hoy celebramos la Exultación de la Santísima Cruz. La victoria de Cristo sobre la muerte en una cruz nos revela el resplandor del amor puro que Dios siente por nosotros. Al respecto, San Francisco de Sales observa lo siguiente:

De la muerte de Jesús en la cruz ha emanado la vida eterna. La muerte de nuestro Salvador fue el precio que Él pagó para que nosotros pudiéramos tener una vida de Gloria eterna. El mundo no comprende la asombrosa paradoja que representa la Cruz de nuestro Salvador. Su muerte fue un exceso de amor que nos otorgó la vida eterna.

En la cruz, Jesús nos mostró cómo alcanzar la salvación a través del amor sagrado. Nada urge tanto el corazón de una persona como el amor. Como un enfermero bondadoso, Jesús, desde la cruz, nos nutrió con cariño, con un amor incomprensible. Él deseaba que entendiéramos que el amor que nos tenía permanecía intacto a pesar de su sufrimiento.

En la cruz, Jesús también quería enseñarnos cómo nuestro corazón debe comportarse con nuestros semejantes. Al ver la ignorancia y la debilidad de quienes lo torturaron, Él los perdonó en la cruz. Una oración de perdón es un sacrificio. Es el sacrificio de nuestros labios y nuestro corazón que hacemos ante Dios, tanto por nuestros semejantes como por nosotros mismos.

En la cruz, Jesús nos alimentó con su cuerpo y sangre. Dios envió a Jesús a sanar nuestra humanidad quebrantada. Verdaderamente, Él murió lleno de dicha por haber podido curarnos, aunque eso le costara la vida. Él se olvidó de Sí mismo, per no de Sus criaturas. No temamos ni desfallezcamos en nuestra lucha por vencer el mal con el amor sagrado y con la verdad, tal y como lo hiciera Jesús. Caminemos por la senda que Jesús nos enseñó con firmeza y fidelidad, y convirtámonos en santos como Él.

Debemos consagrar cada momento de nuestra vida al amor divino de la Cruz de nuestro Redentor. Esto quiere decir que todas nuestras obras, acciones, pensamientos y afectos deben ser para dar gloria a Dios. Si hacemos esto, nosotros también viviremos para Dios en Jesucristo, cuya Cruz victoriosa y exaltada es motivo de nuestra celebración el día de hoy.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente su Tratado Sobre el Amor de Dios: Sermones, L. Fiorelli, eds.)

Vigesimotercer Domingo en el Tiempo Ordinario (10 de Septiembre de 2017)

El Evangelio de hoy nos reta a amarnos los unos a los otros poniendo en práctica la “corrección fraternal”, un concepto que ha desaparecido de nuestra cultura. San Francisco de Sales hace referencia a este concepto en relación al tema de la verdadera amistad:

A menudo ocurre que cuando tenemos una muy buena opinión de nuestros amigos, terminamos absorbiendo sus imperfecciones. Es cierto que debemos amar a nuestros amigos a pesar de sus faltas. Sin embargo, la verdadera amistad nos exige compartir el bien verdadero, no el mal. Por lo tanto, del mismo modo en que los excavadores de oro dejan la arena en la ribera y se llevan el oro que encuentran, quienes comparten una verdadera amistad deben remover la arena de la imperfección presente en la relación y no permitir que esa arena entre en sus almas.

La verdadera amistad solo sobrevive si está cimentada en la verdadera virtud. Es un afecto que viene de Dios, nos conduce a Dios, y sus lazos perduran eternamente en Dios. La amistad que es pasiva se dedica a observar a los amigos mientras escogen el camino equivocado: los deja perecer, en lugar de llenarse de coraje y hacer uso de la lanza de la corrección para ayudarlos. La amistad que es genuina y digna no puede progresar en medio del vicio. Aún si ese vicio es solo pasajero la verdadera amistad lo corregirá y lo sacará corriendo.

Cuando corregimos con compasión en lugar de ira, el arrepentimiento es asimilado de manera más profunda y penetra más efectivamente. No hay nada más efectivo y rápido que calme a un elefante enfurecido que cuando ve una pequeña oveja. Cuando la razón viene acompañada de rabia se vuelve más temida que amada. A diferencia de esto, la razón sin rabia, aún cuando es precisa y severa, reprende y advierte de manera pacífica. Los reproches generosos y amorosos de un padre tienen más poder a la hora de corregir al hijo que la rabia y la agitación.

¡Bienaventurados los que hablan sólo para “corregir fraternalmente” en el espíritu del amor sagrado y de la humildad profunda! ¡Mucho más bienaventurados quienes están preparados para recibir esta corrección con un corazón gentil, en paz y tranquilidad! Sólo por el hecho de demostrar su humildad, su fe y su coraje ellos ya han logrado un gran progreso, y alcanzarán el nivel más alto de la santidad Cristiana.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente la Introducción a la Vida Devota)

Vigesimosegundo Domingo en el Tiempo Ordinario (3 de Septiembre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos reta a perder nuestra vida para poder encontrarla. San Francisco de Sales nos habla de perder nuestra vida para poder encontrarla en Cristo, por medio de un cambio de corazón.

Perder nuestra vida en este sentido significa deshacernos de todos nuestros amores malsanos y egoístas. Esto probablemente nos hará sufrir. Pero no debemos dejar que nuestras imperfecciones nos perturben, porque la santidad consiste en librarnos de ellas. ¿Cómo podemos dejarlas a un lado a menos que nos percatemos de ellas y las superemos? La victoria sobre nuestros defectos consiste en ser conscientes de ellos, y en no consentirlos.

Mientras estemos vivos seguiremos siendo susceptibles a la conmoción que produce la ira, y el afecto. Estas emociones del corazón no deben sorprendernos, ya que son inclinaciones naturales y espontaneas. No son estas las emociones que queremos arrancar de raíz. ¡La santidad no consiste en no sentir nada! Lo que si debemos desarraigar, son los actos que se desprenden como consecuencia de dichas emociones. Un ejemplo son esos rumores que voluntariamente alimentamos en nuestros corazones por varios días, y que lo único que logran es hacer que desperdiciemos nuestra energía.

En la medida en que nuestro adorado Jesús se encuentre presente en sus corazones, todo su ser se alejara de una cultura que con mucha frecuencia los ha engañado. Una vez hayan muerto en lo que respecta a su vida pasada, encontrarán una nueva vida en Cristo. Las estrellas no dejan de brillar en presencia del sol; lo que sucede es que la luz solar es tan brillante que las oculta. Del mismo modo, nosotros ya no estamos solos cuando vivimos en Jesús, ya que nuestra vida está oculta en Cristo con Dios.

La persona que se gane nuestros corazones, nos ha ganado completamente. Aun cuando nuestro corazón es la fuente de nuestras acciones, este necesita nuestras instrucciones para saber cómo proceder. Si ustedes viven a Jesús en sus corazones, no pasara mucho tiempo antes de que comiencen a exteriorizar esta vivencia en todo lo que hacen. Dediquen y consagren su corazón, su alma y su voluntad a Dios, como si los tuvieran en sus manos. Poco a poco, a medida que vayamos cambiando la orientación de nuestro corazón, encontraremos nuestra verdadera existencia en Jesús viviente. Nosotros aprendemos a amar lo que Dios ama. Cuando eso suceda, tal y como hiciera Maria, podremos decir, “¡Todo mi ser proclama la grandeza del Señor!”

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Vigesimoprimer Domingo en el Tiempo Ordinario (27 de Agosto de 2017)

En el Evangelio de hoy escuchamos a Pedro que, con pleno convencimiento, identifica a Jesús como “Cristo, el Hijo del Dios viviente”. San Francisco de Sales tiene mucho para decirnos sobre San Pedro:

Dios no siempre escoge a los mas santos para gobernar y server en Su Iglesia. Nuestro Señor escogió a Pedro como el Líder de los Apóstoles, aún a pesar de sus muchas imperfecciones. Pedro poseía un gran fervor, pero tendía a ser impulsivo. Aunque indudablemente siguió a nuestro Salvador con todo su corazón, tuvo más de un tropiezo después de su llamado inicial. Presumía diciendo que él jamás abandonaría a Nuestro Señor. Sin embargo, para su sorpresa se descubrió a si mismo maldiciéndolo y negando haberlo conocido. ¡Ese acto desgarró el corazón de Nuestro Señor!

Aún así, Nuestro Señor no rechazó a San Pedro porque estaba seguro que él poseía una determinación férrea y constante de corregirse a sí mismo. Pedro debió confiar más en el poder del Señor, en lugar de depender en el fervor que sentía. La disposición natural de Pedro de satisfacer sus sentimientos y deseos, en parte explica el porqué de sus de sus fallas. Si durante nuestro proceso de conversión actual experimentemos ciertas fallas, esto no quiere decir que vamos a abandonar la búsqueda de la santidad. Tal y como lo hizo Pedro, debemos armarnos de una determinación firme e inquebrantable, y tomar las medidas que sean necesarias para corregir nuestro comportamiento. Solo entonces nosotros también recibiremos favores y bendiciones especiales en la tierra y en el cielo.

¡Qué gran razón para depositar toda nuestra esperanza y confianza en Nuestro Señor! Porque aún si vivimos nuestra vida en medio de crímenes e injusticias horribles, podremos encontrar perdón si regresamos a la Fuente de nuestra Redención, a Cristo. No debemos escuchar esa voz que nos dice que nuestras faltas son imperdonables. Debemos decir con valentía que nuestro Dios murió por todos nosotros. No importa cuán impía sea una persona, él o ella encontrará la redención en nuestro Salvador. Reflexionemos acerca de la paciencia con la que nuestro divino Salvador espera por aquellos que lo han rechazado. Entonces, tal y como lo hiciera Pedro, podemos decir, “Tú eres el Cristo, Hijo del Dios viviente” nuestro Redentor.

(Adaptación de los escritos de San Francis de Sales)

Vigésimo Domingo en el Tiempo Ordinario (Agosto 20 de 2017)

En el Evangelio de hoy experimentamos la profunda fe de la mujer de Canaán en Jesús. San Francisco de Sales elabora un poco más acerca de su respuesta llena de confianza, perseverancia, y fe en Jesús.

Si Dios no nos da un indicio de que ha escuchado nuestras oraciones, o si no responde a ellas inmediatamente, perdemos nuestro coraje. Nosotros no sabemos perseverar en la oración; la abandonamos completamente, ahí y entonces. Ese no fue el caso de la mujer de Canaán. En un principio Nuestro Seño no presto atención a su oración. Su falta de respuesta casi parecía una injusticia hacia ella. No obstante, la mujer persevero en su llamado a Jesús, incluso después que los apóstoles le pidieron que le dijera que se marchara.

Ella demostró una gran seguridad al momento de hacer su petición, enfrentándose a unas borrascas y tempestades que normalmente hubieran debilitado la convicción de cualquier persona. Nosotros, al igual que la mujer de Canaán, debemos confiar firmemente en el poder y la voluntad de Nuestro Salvador, particularmente cuando experimentamos amargura. ¿Acaso creen que Dios, que ha le ha dado un hogar a la tortuga y al caracol, no los va cuidar, y a demostrar misericordia con ustedes, que son Sus hijos? Este tipo de confianza siempre va de la mano con la fe atenta.

La fe atenta fue lo que la mujer de Canaán nos demostró. Ella estaba entre quienes escuchaban a Jesús, y lo observaba detenidamente. Su fe fue grande. No sólo porque ella presto suma atención a lo que había escuchado decir acerca de ÉL, sino porque también decidió creer lo que los demás le dijeron. Nosotros nos encargamos de hacer de nuestra fe en Dios algo más vívido, cuando reflexionamos con detenimiento acerca de los misterios de nuestro Salvador. Estas reflexiones generan en nuestro corazón un deseo por las innumerables virtudes de Jesús.

La perseverancia es una virtud que fluye de una fe que permanece atenta a los misterios que las Escrituras y la Tradición nos enseñan. Nuestra felicidad está basada en la perseverancia. Si en algún momento tenemos la impresión que Nuestro Señor no nos está escuchando, es solo porque EL desea obligarnos a gritar con más fuerza, y acercarnos más a Dios quien nos da el poder para perseverar. ¡Armémonos de coraje! Y al igual que la mujer de Canaán, caminemos fielmente y con seguridad por la senda de Nuestro Salvador. Solo así seremos eternamente felices.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales,
Particularmente Los Sermones , ediciones L. Fiorelli).

Asunción de la Sagrada Virgen Maria (15 de Agosto de 2017)

Hoy celebramos la Asunción de Maria. Al respecto, San Francisco de Sales observa lo siguiente:

La tradición sagrada nos enseña que Maria murió y entró al cielo en estado de gloria. Maria ascendió en honor a su Hijo, y también para despertar la santidad en nosotros. Todas sus acciones tenían como objetivo glorificar a su Hijo. Maria también desea que cada una de nuestras acciones sirva para dar gloria a Dios.

Después de la muerte de su Hijo, la Madre de Jesús se convirtió en testigo fehaciente de la verdad acerca de Su naturaleza humana. Se convirtió también en una luz para los fieles que quedaron profundamente afligidos. Con qué devoción ha de haber amado ella su cuerpo sagrado, sabiendo que éste era la fuente viviente del cuerpo del Salvador. Aún así, para poder servir bien a Dios, ella debía dar un respiro a su cuerpo cansado para así poder recuperar sus fuerzas. Que no les quepa la menor duda, que cuidar de nuestros cuerpos es uno de los actos de caridad más excelentes que podemos llevar a cabo. Como dijera el gran San Agustin, el amor sagrado de Dios en nosotros se traduce en la obligación de amar nuestro cuerpo apropiadamente, dado que éste es necesario para llevar a cabo las buenas obras, hace parte de nuestra persona, y compartirá con nosotros la felicidad eterna.

Verdaderamente, el cristiano debe amar su cuerpo ya que éste representa la imagen viviente del Salvador encarnado. Nosotros somos descendientes del mismo linaje, y por lo tanto nuestro origen y nuestra sangre le pertenecen a EL. Al igual que Maria, debemos ser conscientes de nuestra excelencia humana para poder dar gloria a Dios haciendo uso de los dones que El nos ha dado. Durante la resurrección general nuestros cuerpos mortales se harán inmortales, y serán hechos de nuevo a imagen y semejanza de Nuestro Señor.

Maria nos pide que permitamos a su Hijo reinar en nuestros corazones. Examinemos los afectos de nuestro corazón para ver si están en sintonía, para que al igual que Maria podamos cantar las grandes proezas que Dios está haciendo en nosotros. En medio de todos los peligros, en medio de las tempestades, “Vuelvan sus ojos hacia la estrella del mar e invóquenla”. Con su ayuda sus barcos llegarán al puerto sin sufrir desastres ni naufragar.

(Adaptación de los Sermones de San Francisco de Sales, L.Fiorelli, Ediciones)

Decimonoveno Domingo en el Tiempo Ordinario (Agosto 13 de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos reta a que tomemos el riesgo de seguirlo, y de profundizar cada vez en nuestra fe mientras que la tormenta de la vida nos zarandea de un lado a otro. San Francisco de Sales nos dice algo similar:

Cuando, llenos de temor, nos enfrentamos a tempestades y terremotos, llevamos a cabo actos de fe y de esperanza. Aún así, existe otro tipo de temor que nos hace verlo todo difícil y complicado. Gastamos más tiempo pensando en las dificultades a futuro, que en las cosas que debemos hacer en el presente. Levántense y no se dejen asustar por las labores del día. La noche es para descansar y el día para trabajar, eso es lo natural.

Hay tres cosas muy simples que podemos hacer, para poder tener paz. Debemos tener una intención muy pura de procurar, en todas las cosas, el honor y la gloria de Dios. Seguidamente, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance, por más pequeño que sea, para lograr este fin. Finalmente, debemos dejar todo lo demás en manos de Dios. En mi vida he visto muy pocas personas que logran progresar sin ser puestos a prueba, por lo tanto ustedes deben ser pacientes. Después de la tempestad, Dios enviará la calma. Los niños sienten temor cuando están lejos de los brazos de su madre. Pero sienten que nada puede hacerles daño si están tomados de su mano. Tomen la mano de Dios y EL los protegerá de todo, ya que estarán blindados con la verdad y la fe.

Si les hace falta coraje, hagan lo mismo que Pedro y griten “¡Sálvame Señor!” Después continúen tranquilamente con su viaje. En muchas ocasiones llegamos a creer que hemos perdido la paz porque nos sentimos afligidos. Pero debemos recordar que no perderemos la paz siempre y cuando continuemos dependiendo totalmente de la voluntad de Dios, y desde que no abandonemos nuestras responsabilidades. Debemos tener coraje para cumplir con nuestras tareas; si lo hacemos nos daremos cuenta de que con la ayuda de Dios iremos mas allá de los confines del mundo, mucho más allá de sus límites. Confíen en Dios y todas las cosas les resultarán fáciles; aunque puede que al principio esto les asuste un poco.

Las Escrituras se refieren a Nuestro Señor como El Príncipe de la Paz. Cuando EL es el amo absoluto, EL se encarga de mantener todo en paz. Mantenernos en calma en medio de los conflictos, asumir con serenidad las pruebas que se nos presentan: todo esto es señal de que verdaderamente estamos imitando al “Príncipe de la Paz”.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales,
particularmente Los Sermones , L. Fiorelli ediciones).

Celebración de la Transfiguración del Señor (6 de agosto de 2017)

San Francisco de Sales nos reta a que seamos transfigurados en Cristo por medio de nuestras actividades diarias:

Durante la Transfiguración, Jesús nos permitió ver una chispa de la gloria eterna. Aunque el Profeta dijo, “nunca te olvidaré… te llevo tallado en la palma de mi mano”, Jesús fue más allá y dijo, “nunca te olvidaré, porque llevo tu nombre grabado en mi corazón”. En la Transfiguración Jesús nos muestra Su corazón llameante y lleno de amor por nosotros.

Al igual que los Apóstoles que deseaban permanecer en Su presencia, nosotros debemos hacer lo mismo. Por lo tanto, poco a poco debemos dejar atrás nuestros afectos por las cosas mundanas y aspirar a la felicidad que Nuestro Señor preparó para nosotros. ¿Qué mejor oportunidad para dar testimonio de nuestra fidelidad a Dios que justo cuando las cosas están saliendo mal?

Existe una tentación real de sentirnos insatisfechos y deprimidos a causa del mundo cuando tenemos necesidad de estar en él. Sin embargo, siempre encontraremos dificultades en el “ajetreo” del mundo. Creer que podemos ser santos sin sufrir es una ilusión. Donde hay más dificultad, hay más virtud. Sin embargo, si tropezamos, debemos regresar a la senda de la virtud con confianza y fe en la misericordia de Dios.

Debemos ser como la abeja. Mientras elaboramos con cuidado la miel de la santidad, al mismo tiempo producimos la cera de las cuestiones mundanas. Si a Nuestro Señor le parece dulce la miel, la cera también le honrará, ya que ésta se utiliza para hacer las velas que proporcionan luz a todos aquellos a nuestro alrededor. Enfoquémonos en ser transfigurados siempre en Cristo. ¡Imaginen todo lo que haremos y en lo que nos convertiremos cuando experimentemos el amoroso corazón de nuestro Señor enardecido con Su amor por nosotros!

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales)