Cuarto Domingo en el Tiempo Ordinario (Enero 28 de 2018)

En las lecturas de hoy San Pablo nos dice que debemos “librarnos de la ansiedad”. San Francisco de Sales nos da ciertos consejos sobre cómo podemos manejar la ansiedad:

Existe una gran tentación de declararnos insatisfechos con el mundo y de afligirnos por ello, aún cuando necesariamente debemos estar aquí. Entonces imaginamos que nos sentiríamos mejor si estuviéramos en otro barco. Puede que eso sea cierto, ¡pero sólo ocurrirá si nos decidimos a cambiar! La soledad tiene sus arremetidas, el mundo tiene sus ocupaciones. Nosotros debemos demostrar coraje en ambas situaciones, dado que en ambas instancias la ayuda divina está disponible para aquellos que confían en Dios, y que humilde y gentilmente solicitan a Dios sus cuidados y ayuda.

Una de las fuentes de nuestra ansiedad es nuestro egocentrismo. ¿Porqué nos sorprenden nuestras imperfecciones? No deseamos nada más que consuelo. En los momentos en que experimentemos nuestra propia miseria y debilidades, debemos hacer tres cosas y entonces tendremos paz. Debemos tener una intención pura de encontrar el honor y la gloria de Dios en todas las cosas. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr este objetivo, y debemos dejar lo demás en manos de Dios para que EL se encargue.

Los pequeños ataques de la ansiedad y la tristeza, que son el resultado de las múltiples responsabilidades que tenemos, nos brindan la oportunidad de poner en práctica las mejores y más queridas virtudes que Jesús nos recomendó: la gentileza y la confianza en Dios. La verdadera virtud no se origina en la inactividad exterior, del mismo modo en que los peces saludables no crecen en las aguas estancadas de los pantanos.

Debemos mantener avivados en nuestros corazones la paciencia y el coraje, para que nos protejan de esos ataques sorpresivos de la ansiedad que hacen que nos llenemos de resentimiento, y que provocan que estallemos si alguien llega a molestarnos de algún modo. Cuando nos tambaleemos y caigamos no debemos sentirnos avergonzados por estar un poco sucios y polvorientos. Es mejor estar cubiertos de polvo que de llagas. Si nos entregamos al cuidado de Dios, y dejamos que el rocío celestial de Su amor nos sane, todo estará bien.

Tercer Domingo en el Tiempo Ordinario (Enero 21 de 2018)

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús anunciar que “El reino de Dios está cerca”, mientras invita a varios pescadores a seguirle. San Francisco de Sales hace la siguiente observación al respecto:

Dios emplea varios métodos para llamar a hombres y mujeres a su servicio. Para convertir a las personas EL hace uso de la predicación por encima de los demás métodos. A través del ministerio de la predicación Dios ha tocados los corazones de muchas personas, y los ha llamado a seguir vocaciones especiales. La predicación es como una semilla divina que los predicadores, a través de sus palabras, siembran en la tierra fértil de nuestros corazones.

Dios entra en contacto con otras personas cuando están leyendo un buen libro. EL se acerca a otros tantos mientras escuchan a alguien leer las sagradas palabras del Evangelio. Hay algunas personas que se sienten perturbadas por los infortunios, los problemas y el sufrimiento del que han sido víctimas en el mundo. Sin embargo, aún cuando Dios es todo poderoso y puede hacerlo todo, EL no desea quitarnos el don de la libertad que nos ha otorgado. Cuando llegue el momento en que Dios nos llame a su servicio, EL desea que nosotros aceptemos ir voluntariamente, no por la fuerza o por obligación.

Aún así, las personas que deciden unirse al servicio de Dios por que se sienten indignados con el mundo, o por que las aflicciones y la pena los mantienen intranquilos, tienen la posibilidad de entregarse a Dios libre y voluntariamente. Nuestra suficiencia viene de nuestro Redentor quien nos enseñó a ser buenos ministros, capaces de hacer cumplir la voluntad de Dios. Aquel que habita en Cristo participa de Su Espíritu divino, el cual habita en medio de nuestros corazones como una fuente viviente. Nuestras acciones, que hasta entonces eran frágiles como los juncos, serán convertidas en oro por medio del amor que el Espíritu Santo vierte sobre nuestros corazones. Nuestros corazones, inundados con el amor del Espíritu Santo, generan acciones que tienden a la gloria inmortal y nos llevan rumbo a ella.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente sus Conferencias Espirituales, I. Carneiro, Ediciones)

Segundo Domingo en el Tiempo Ordinario (Enero 14 de 2018)

Este domingo marca el inicio de la temporada litúrgica del Tiempo Ordinario. Las resoluciones que hicimos para el año nuevo ya se han convertido en parte de nuestra rutina. Aun así, San Francisco de Sales nos dice que nosotros hemos sido llamados a vivir una vida común y corriente de manera extraordinaria. Un elemento de esta manera extraordinaria es nuestro deseo de vivir una vida sagrada. Francisco añade lo siguiente:

¿Qué otras flores adornan nuestro corazón a parte de los buenos deseos? Tan pronto como los buenos deseos se manifiestan en nosotros, debemos podar todos los obstáculos inertes e inútiles que nos impiden vivir una vida sagrada. Los malos hábitos entran en nuestro corazón a toda prisa como galopando a caballo, pero cuando nos dejan lo hacen caminando a paso lento. Cuando tomemos la iniciativa de crecer en la santidad, debemos hacerlo con coraje y paciencia. Generalmente después de pasado un tiempo en que nos hemos esforzado por tratar de llevar una vida santa, nos vemos obligados a reconocer que aún seguimos sujetos a muchas imperfecciones. Esto puede hacer que caigamos fácilmente en la insatisfacción, la perturbación o la desmoralización. Pero no debemos permitir que nuestro corazón caiga en la tentación de abandonarlo todo y de retomar nuestra antigua forma de vida.

Por otra parte, hay quienes creen que son perfectos incluso antes de embarcarse en la búsqueda de la santidad. Ellos tratan de volar a pesar de que no poseen alas, y corren el grave riesgo de sufrir una recaída como ocurre a quienes dejan de seguir las indicaciones de sus médicos antes de haberse recuperado completamente. La tarea de tratar de crecer en la santidad debe continuar hasta el día en que Dios nos llame a entrar en nuestra morada eterna. No debemos permitir que nuestras imperfecciones nos perturben ¿si no estamos conscientes de nuestras fallas, cómo podremos corregirlas? El éxito de nuestra labor no consiste en ignorarlas, sino en reconocerlas. Siempre tendremos éxito si nos esforzamos por tratar de vencerlas. Jamás seremos vencidos a menos que perdamos nuestro coraje. Los defectos y los pecados veniales no pueden privarnos de nuestra vida espiritual. Por lo tanto, debemos tener una buena opinión de aquellos a quienes vemos practicando las virtudes de manera imperfecta, por que, como ya sabemos, incluso los santos practicaron las virtudes de esta manera.

(Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota)

La Epifanía del Señor (Enero 7 de 2018)

Hoy escuchamos la narración de la visita de los Reyes Magos al Niño Jesús. De regreso a sus tierras ellos llevarán a los pueblos la buena nueva de que Dios se halla presente en Jesús. San Francisco de Sales nos dice lo siguiente al respecto:

Los Reyes Magos del Este no emprendieron su travesía para ir a deleitarse en la ciudad de Jerusalén; ellos iban en busca de la pequeña cueva donde encontraron a Dios encarnado en el Niño que yacía en el pesebre. Acerquémonos a la pequeña cuna como lo hicieron los Reyes Magos, y escuchemos a nuestro Salvador quien nos habla. Dejémonos llevar por las inspiraciones y afectos que el amor de Dios aviva en nosotros.

Hay personas que creen que crecer en el amor sagrado requiere aprender a dominar cierto arte. Amar a Dios no requiere de ningún arte. Lo único que debemos practicar es cómo complacer a Dios con la humildad de nuestro corazón, sin dificultades ni ansiedad. La humildad sagrada encomienda los resultados de sus actos a la Divina Providencia. El único propósito de la humildad es amar a Dios plenamente. A diferencia del engaño, ser humilde significa que nuestro yo interior debe ser congruente con las obras que llevamos a cabo en el exterior.

Todos hemos sido llamados a trabajar fielmente en el ejercicio del amor divino sin vergüenza, sin tristeza ni ansiedad. Embárquense en el cumplimiento de sus tareas diarias, y déjense guiar por el viento de su humilde y amorosa confianza en Dios para que así puedan progresar inmensamente. Entonces, y sin necesidad de tambalearse de un lado a otro, poco a poco se irán acercando al hogar, como ocurre a quienes navegan en altamar con vientos favorables. De esta manera cualquier evento, cualquier accidente que pueda llegar a ocurrir será recibido con calma y en paz. Aún cuando la travesía por la vida está llena de peligros debemos llenarnos de confianza y aventurarnos a seguir la Estrella de Belén para que ésta nos colme con Su amor. Entonces seremos como los Reyes Magos que armados de confianza fueron tras la Estrella de Belén, Quien nos guiará rumbo a la gloria eterna.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Maria. Madre de Dios (Enero 1 de 2018)

Maria fue nombrada Madre de Dios, porque ella es la “Madre del Divino Redentor”. Ella concibió, dio a luz, crió y alimentó al Hijo de Dios aquí en la tierra. Aún cuando es subordinada de su Hijo, ella ocupa un lugar mucho más importante que el de todos los otros santos.

Maria desempeñó un papel único en nuestra historia de salvación. El hecho de que ella aceptara la Voluntad de Dios en el momento de la Anunciación sin vacilar siquiera un instante, es algo que influyó de manera muy significativa en la familia humana. Ella le dio la vida a toda la familia humana. Dado que ella es la Madre del Hijo de Dios, Madre de la Iglesia, y nuestra Madre quien nos entregó a su Hijo, es más que apropiado que le rindamos honores de manera especial.

Hoy es un día apropiado para honrar a Maria, la primordial entre todos los santos, quien trajo al Gran Pacificador a este mundo y lo entregó a la familia humana.

Bendición

Señor, Hijo de Maria, has de nosotros la familia humana un instrumento de tu paz.
Que donde haya odio, podamos sembrar amor.
Donde haya herida, sembremos perdón.
Donde haya duda, sembremos fe.
Donde haya oscuridad, sembremos luz.
Donde haya tristeza, sembremos dicha.
Permite que no esperemos ser consolados, sino que consolemos,
Que no esperemos ser entendidos, sino que tratemos de entender,
Que no esperemos ser amados, sino que amemos.
Porque dando es que recibimos.
Perdonando es que seremos perdonados,
Y es en la muerte que naceremos a la vida eterna.

Amén.

Fiesta de la Sagrada Familia (Diciembre 31 de 2017)

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Como nos dice San Francisco de Sales, a veces tendemos a olvidar que la Primera Familia de la Iglesia Cristiana tuvo que afrontar bastantes pruebas:

Muchas veces nos molestamos por que las cosas no salen como nosotros esperábamos. Pero a veces lo que deseamos ni siquiera era posible para la familia de nuestro Señor. Piensen en todas las dificultades y los cambios, las alegrías y las tristezas que tuvo la Sagrada Familia. Maria recibió la noticia que concebiría un Hijo del Espíritu Santo, nuestro Señor y Salvador. ¡Qué dicha significó esta noticia para ella! Poco después José al verla en estado, y sabiendo que el hijo no era suyo, quedo sumido en una profunda aflicción. Maria se lleno de dolor al darse cuenta de que su querido José estaba a punto de dejarla. Una vez pasada la tormenta ambos experimentaron una gran alegría. La misma alegría llenó sus corazones cuando los pastores llegaron junto con los Reyes Magos a ver al niño.

Sin embargo, poco después el ángel del Señor apareció ante José en un sueño y le dijo, “Toma al niño y a Su madre y huye con ellos a Egipto”. Indudablemente este mandato preocupó a Maria y a José. Aún así, él no respondió: “¿Porqué he de hacer este viaje de noche? ¿Acaso no puede esperar hasta la mañana? No tengo ni un caballo ni dinero”. Si nosotros estuviéramos en el lugar de José, ¿no habríamos inventado mil excusas para no hacerlo? Mientras que él inmediatamente hizo todo lo que el ángel le ordenó. La paz y la serenidad mental que poseían Maria y José demuestran su constante disponibilidad a cumplir con la voluntad de Dios, aún a pesar de todos los sucesos inesperados que tuvieron lugar durante sus vidas.

Nosotros también, cuando encontremos problemas similares en nuestras vidas, debemos repetirnos una y otra vez, para grabar esta verdad en nuestra mente, que ninguna perturbación va a conducir nuestro corazón y nuestra mente a un estado en el que perderemos el control de nuestro temperamento. Al igual que hiciera con la Sagrada Familia, Dios nos guiará por nuestro propio camino sin importar cuán difícil sea.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, Serenidad de Corazón: Sobrellevando los Problemas de Esta Vida, Sophia Press)

La Vigilia de Navidad (Diciembre 24 de 2017)

Esta noche celebramos la vigilia de Navidad, y ES una ocasión para reflexionar acerca del misterio del nacimiento de Jesús, Nuestro Señor y Salvador. A continuación escucharemos algunos de los pensamientos de San Francisco de Sales respecto a la navidad:

Cuando una persona quiere construir una casa o un palacio primero debe tener en cuenta para quien está construyendo dicha vivienda. Seguramente utilizara diferentes planos dependiendo del estatus social de la persona. Así mismo ocurre con el Divino Maestro. Dios construyó el mundo para la Encarnación del Hijo. La sabiduría divina pudo prever desde la eternidad que la Palabra adoptaría nuestra naturaleza al llegar a la tierra. Con el fin de lograr esta tarea Dios escogió una mujer, la santísima Virgen Maria, quien dio vida a Nuestro Salvador.

Por medio de la Encarnación Dios nos hizo ver algo que la mente humana difícilmente hubiese podido imaginar o entender. Tan grande es el amor de Dios por todos nosotros que en el momento en que se hizo humano deseó colmarnos con su divinidad. Dios deseo coronarnos con bondad y dignidad divina. Dios quiso que fuésemos Sus Hijos, dado que hemos sido hechos a Su imagen y semejanza.

Nuestro Salvador vino a este mundo para enseñarnos lo que debemos hacer para poder preservar la divina semejanza de Dios. Con mucha seriedad debemos llenarnos de coraje para vivir de acuerdo a lo que somos. Nuestro Salvador vino para que nosotros pudiéramos vivir la vida al máximo. EL siempre se mostró completamente lleno de misericordia y bondad para con la familia humana.

Muchas veces cuando las almas más endurecidas han llegado al punto de vivir como si Dios no existiera, Nuestro Salvador les permite encontrar Su Corazón lleno de piedad y de misericordia para con ellos. Todos aquellos que conocen esta verdad guardan un sentimiento de gratitud por haber tenido la oportunidad de vivirla. Desechemos todo aquello que tengamos en nuestro hogar que no provenga de Dios. Cuando abrimos nuestros corazones a Su amor, estamos dando vida al Niño Jesús dentro de nosotros, para así contribuir a establecer del reino de Dios en la tierra.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Cuarto Domingo de Adviento (Diciembre 24 de 2017)

En el Evangelio de hoy escuchamos acerca de la buena disposición de María para cumplir con la voluntad de Dios. A continuación San Francisco nos ofrece algunos de sus muchos pensamientos sobre cómo debemos abrirnos al amor de Dios, que equivale al cumplimiento de Su voluntad en nuestras vidas:

El don más grande de María era su total disposición para recibir el amor de Dios. Dios se comunica con nosotros a través de inspiraciones, y de los movimientos internos de nuestro corazón. Debemos abrirnos a aceptar de buena manera las inspiraciones que EL se complazca en enviarnos. Por inspiraciones me refiero a todos esos deseos internos, a todos los instantes de arrepentimiento, los pensamientos y los afectos que Dios deposita en nuestros corazones, para despertarnos y atraernos a las virtudes autenticas, a el amor sagrado y a las buenas resoluciones. En resumen, todo lo que nos conducirá por la senda del bienestar eterno. Cualquier pensamiento que nos produzca ansiedad o miedo debe ser desechado, ya que dichas emociones no provienen de Dios, que es el Príncipe de la Paz.

Cuando les llegue una buena inspiración recíbanla como si se tratara de un embajador enviado por el líder de una nación. Abórdenla con sencillez y gentileza. Escuchen con calma la propuesta de Dios. Reflexionen acerca del amor que inspira en ustedes y valórenla. Alimenten sus buenos deseos y manténganlos vivos mientras dormitan en los brazos de la providencia de Dios. En otras palabras, otorguen su consentimiento total, amoroso y permanente a sus inspiraciones; acéptenlas en paz y con plena confianza en que Dios les otorgará todo el amor que necesitan para llevarlas a buen término. Hay ocasiones en que cuando Dios nos pide que hagamos una buena obra todo lo que EL quiere de nosotros es que demostremos nuestra buena voluntad para llevarla a cabo, no necesariamente la realización de la misma. Al tiempo que Jesús se ocupaba de establecer el Reino en la tierra, dejó como tarea a Sus apóstoles, y a las futuras generaciones, que le ayudaran a completar la obra que había iniciado.

Aún así, antes de acceder y de actuar en base a cualquier inspiración que parezca importante o inusual, siempre deben consultar a su consejero espiritual para reafirmar si ésta es verdadera o falsa. Una vez la aprobación haya sido otorgada deben apresurarse a poner dicha inspiración en práctica. El fruto de la práctica es la verdadera virtud, la cual nos permitirá estar en constante disposición, como lo estuvo Maria, para recibir el amor infinito de Dios.

(Francisco de Sales, Introducción…; Power & Wright, Francisco de Sales, Juana de Chantal)

Tercer Domingo de Adviento (Diciembre 17 de 2017)

El Evangelio de hoy nos habla de Juan el Bautista. San Francisco de Sales desglosa ciertos aspectos del carácter de Juan que nosotros podríamos comenzar a desarrollar en nuestros corazones durante esta temporada de Adviento:

Juan Bautista vivía en el desierto como una roca, inamovible en medio de las olas y las tempestades que traen consigo las tribulaciones. Nosotros, por el contrario, cambiamos de acuerdo al tiempo y la estación. Cuando el tiempo es bueno nada puede igualar nuestra dicha. Pero cuando la adversidad se avecina sobre nosotros, de repente quedamos totalmente desanimados. A veces nos molestamos por cualquier nimiedad que vaya en contra nuestros gustos. Como resultado somos incapaces de restablecer la paz de nuestra alma por mucho tiempo, y no sin antes haber tenido que recurrir al uso de muchos “ungüentos sanadores”. En resumen, espiritualmente somos inconstantes, no sabemos qué es lo que queremos. Un momento nuestro corazón se encuentra alegre, al siguiente momento somos severos y estamos amargados. Somos como cañas que permiten que cualquier humor o estado de ánimo las agite en todas las direcciones.

Juan Bautista nos dice que debemos aprender a nivelar estos caminos en preparación para la llegada de nuestro Señor, que es para nosotros la senda a la plenitud. Hasta cierto punto todos los santos lograron dicha nivelación, aunque ninguno la alcanzó a la perfección. En cada uno de ellos hubo algo que estropeó la perfección de su ecuanimidad espiritual. Esto fue cierto incluso en el caso de Juan el Bautista. Nosotros debemos examinar nuestras acciones; debemos reformar todas aquellas que no encierran una buena intención, y perfeccionar aquellas que si la tienen. Nuestra meta debe ser actuar con una sola intención: conformarnos a la verdadera imagen de Dios en nosotros. Porque la razón por la cual Jesús vino a la tierra, fue para mostrarnos nuestro verdadero yo en Dios.

Siempre debemos recordar que la gracia de Dios nunca nos falla, y que si somos fieles y cooperamos con la primera gracia que Dios nos otorga recibiremos muchas más. Por esta razón en la Escritura Sagrada Dios nos recomienda que seamos fieles en el seguimiento de nuestros impulsos, nuestro entendimiento e inspiraciones. Cuando hagamos esto, la grandeza que encierra la infinita misericordia de Dios indudablemente brillará para nosotros.

(Adaptación de los Sermones de San Francisco de Sales V.4, L. Fiorelli, ed.)

Segundo Domingo de Adviento (Diciembre 10 de 2017)

En el Evangelio de hoy experimentamos “Una voz en el desierto” que nos llama a encauzar los caminos de Dios. San Francisco de Sales nos dice cómo podemos lograr esto:

Los caminos que van y vienen solo desgastan y desorientan a los viajeros. Para poder encauzar los caminos de Dios en nuestros corazones, el único propósito que debemos tener es el de complacer a Dios. Nosotros debemos ser como el marinero que mientras navega el barco mantiene sus ojos fijos en la aguja de la brújula. Debemos mantener nuestros ojos fijos en un objetivo: adquirir una buena disposición; la virtud más satisfactoria de la vida spiritual. Debemos orientar nuestros sentimientos, emociones e inclinaciones permanentemente en dirección al amor de Dios, quien los transforma para que podamos adquirir un buen carácter.

Cuando nuestros corazones se debaten constantemente entre nuestro amor por Dios y nuestro amor propio, sucumbimos a un estado de miedo, de ansiedad y de confusión. El enfrentarnos a nuestras grandes faltas nos puede ocasionar cierto miedo malsano que pone nervioso el corazón, y que muchas veces nos conduce al desánimo. Es por esta razón que a lo largo de nuestra vida debemos ejercitar nuestra confianza en Dios, y encomendarnos a la bondad de Dios quien nos ama.

Aun así, el temor sagrado nos ayuda a emplear los medios apropiados para evitar los problemas. El temor sagrado y la esperanza nunca deben existir el uno sin el otro. La esperanza nos exhorta a anhelar la dicha sagrada que hallaremos en la bondad suprema de Dios. EL hace uso de estas dos virtudes para llevar a cabo la sanación espiritual en nosotros.

Nuestra vida está llena de caminos tortuosos que sólo pueden ser enderezados por medio de un cambio de actitud. Cuando dirigimos nuestro corazón hacia el amor de Dios, experimentamos un verdadero amor propio. Cuando el amor sagrado reina en nuestros corazones, amansa todos los demás amores. El amor divino somete todas nuestras emociones y nuestros afectos naturales al plan de Dios, y a Su servicio. Todos nuestros movimientos hallan reposo en este amor sagrado. Los corazones de aquellos que poseen abundante amor sagrado están llenos de confianza y esperanza, ya que ellos caminan por la senda que los llevará directamente a la plenitud en Dios.

(Adaptación de las escrituras de San Francisco de Sales, particularmente los Sermones, L. Fiorelli, Ed.).

Primer Domingo de Adviento (Diciembre 03 de 2017)

Hoy es el primer domingo de Adviento. Las Lecturas nos recuerdan que debemos ser conscientes de nuestra necesidad de Cristo, quien nos fortalece hasta el final. San Francisco de Sales hace hincapié constantemente en la importancia de vivir a Jesús para que podamos convertirnos en seres humanos plenos. Pero para vivir a Jesús es preciso ser libres de espíritu. En una carta dirigida a Juana de Chantal, San Francisco escribe lo siguiente:

La voluntad de Dios con respecto a los mandamientos y las obligaciones propias de nuestra vocación es clara. Sin embargo, hay muchas cosas que ni los mandamientos ni los deberes propios de mi vocación me obligan a hacer. En esos casos, es necesario examinar detenidamente, en libertad de espíritu, qué daría una mayor gloria a Dios. Dije “libertad de espíritu” porque estas cosas deben hacerse sin presiones y sin ansiedad. Si no es algo importante, no debemos preocuparnos en demasía, sino que debemos decidir cómo actuar después de haberlo pensado brevemente. Si lo que hicimos o lo que decidimos no parece ser lo adecuado, no debemos culparnos ni molestarnos por ello; debemos confiar en Dios y reírnos de nosotros mismos.

Hagan todo por amor, nada por obligación. Amen la obediencia más de lo que temen la desobediencia. Yo deseo que ustedes gocen de esa libertad de espíritu que está exenta de ataduras, de escrúpulos y de ansiedad, y no del tipo de libertad que excluye la obediencia (ésa es la libertad de la carne). Si realmente aman la obediencia y la mansedumbre, quiero creer que cuando haya una causa legítima y con fines caritativos que los aleje de los oficios religiosos, ésta representará para ustedes otra forma de obediencia, y que su amor compensará por todo aquello que deban omitir durante sus prácticas religiosas. La libertad y la autonomía sagradas deben reinar y nosotros no debemos cumplir con ninguna otra ley ni dejarnos coaccionar por nada que no sea el amor. Ya sea que nos exhorte a hacer algo por los pobres o por los ricos, el amor todo lo hace bien y de cualquier forma complace a nuestro Señor.

(Joseph Power, OSFS y Wendy M. Wright, Francisco de Sales, Juana de Chantal)

Cristo Rey (26 de Noviembre de 2017)

A pesar de su popularidad dentro de la Iglesia, la celebración de Cristo Rey no fue incluida en el calendario litúrgico hasta 1925. San Francisco de Sales nos habla un poco más acerca de Jesús el Rey:

Jesús, el rey, fue llamado a convertirse en nuestro Salvador. EL deseó que otros, particularmente su santa Madre, pudieran compartir la gloria que encierra el liderazgo. Nuestra Señora Bendita nos pide que acojamos a su Hijo como el Rey de nuestros corazones, para que de este modo EL pueda reinar en nosotros. Sus mandamientos son buenos y muy útiles, ya que otorgan bondad a quienes de otra forma carecerían de ella, e incrementa la bondad en aquellos que continuarían obrando bien, aun si no fuesen mandados a hacerlo.

Es por ello que Jesús hizo que la bondad de Dios predominara por encima de la maldad. El reinado de Dios resulta realmente beneficioso cuando toma en cuenta nuestras miserias, y las hace merecedoras del amor divino. Cuando el Espíritu Santo vierte el amor divino en nuestros corazones, no sólo recobramos nuestra salud sino que también recibimos el poder necesario para participar en la obra de nuestro Salvador: Propagar el amor y el cuidado de Dios entre todos aquellos que se encuentren a nuestro alrededor.

Dado que el Señor nos ha sanado a todos por igual, y que EL desea que todos contribuyamos a difundir el conocimiento de Su Reino, nosotros también debemos amar todo aquello en los demás que, desde nuestro punto de vista, equivalga a una representación genuina de la sagrada Persona de nuestro Amo. No debemos amar nada de nuestro prójimo que sea contrario a esa imagen sagrada. Caminemos entonces de la misma forma en que lo hiciera Jesucristo. EL entregó Su vida, no sólo para sanar a los enfermos, para obrar milagros, y para enseñarnos los pasos que debemos seguir para llevar una vida humana de manera divina. EL también nos enseñó cómo entregar nuestra vida, con tanto amor como EL mismo lo hizo, por aquellos que pueden llegar a quitárnosla.

Qué felices somos cuando escogemos a Jesús como nuestro líder, quien nos otorga una paz y una calma sin igual si nos decidimos a seguirlo. Ojalá permanezcamos fieles a los deseos de nuestro Rey, para que así podamos comenzar en esta vida la obra que, con el favor del amor de Dios, continuaremos eternamente en el Cielo: Vivir en la gloria con Jesús quien, al haber vencido al mal por medio del bien, ha comprobado que EL es el verdadero Rey.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente los Sermones, L. Fiorelli, Ediciones).

Trigésimo Tercer Domingo en el Tiempo Ordinario (19 de Noviembre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que es igualmente importante y útil, el servirle fielmente haciendo uso de un talento o de varios. He aquí algunos pensamientos de la tradición salesiana respecto al uso de nuestros talentos:

¿Cuál fue el error del ciervo que enterró su único talento? Que desperdicio demasiado tiempo evaluando su capacidad para hacer el trabajo que hacia su amo. Se dedicó a pensar en todas las demás aptitudes que le hacían falta, y esto se convirtió en un obstáculo parar que pudiese cumplir fielmente las tareas que le habían sido asignadas. Se quedó aferrado a un falso sentimiento de seguridad. Sentía miedo del riesgo que implica el embarcarse en un viaje espiritual.

Colocar nuestros talentos al servicio de Dios implica que debemos ser pacientes con los demás, pero antes que nada con nosotros mismos. Como sucedió a la mayoría de los santos, nos tomará años poder librarnos de nuestros deseos egoístas, incluyendo nuestra ambición de lograr una falsa seguridad. Aún así, gradualmente iremos desechando nuestros afectos desordenados, y nos iremos abriendo a lo que Dios desea para nosotros. Entonces seremos libres de llevar a cabo nuestras actividades diarias, con plena confianza en que estamos cumpliendo con la voluntad de Dios. Nuestra verdadera seguridad, nuestra verdadera felicidad, se halla en Dios-quien nos otorga todo lo necesario para que podamos establecer Su reino en todas nuestras tareas diarias.

Jesús nos dice que a la hora de hacer el trabajo de Dios, quienes poseen un sólo talento son tan útiles e importantes como quienes poseen varios. Las abejas son un buen ejemplo de esto. Hay unas que se dedican a recolectar la miel, otras que cuidan de la colmena, y otras que la mantienen limpia. Sin embargo, todas se alimentan de la misma miel. Nosotros también, tanto los fuertes como los débiles, trabajamos juntos en Cristo. Los siervos fieles hacen todo lo que saben para complacer a Dios, quien llena el vacío que sienten. A través de sus obras diarias ellos dejan entrever su potencial para unirse a EL. Ellos reconocen que Dios rige cada una de sus las actividades que llevan a cabo día tras día. Bienaventurados son aquellos que hacen uso de sus talentos para establecer el amor de Dios a su alrededor. ¡EL jamás les permitirá ser improductivos! No importa si tan sólo pueden hacer algo mínimo por Dios, EL de igual manera les colmará de bendiciones en esta vida y en la próxima.

(Adaptación de los escritos de San Francis de Sales)

Trigésimo Segundo Domingo en el Tiempo Ordinario (Noviembre 12 de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que quienes experimentan el reino celestial son sabios y prudentes. San Francisco de Sales nos ofrece las siguientes observaciones al respecto:

Los buenos cristianos, quienes viven en este mundo materialista, deben hacer uso de la prudencia para poder mejorar su situación. Deben dedicarse al cuidado de sus familias y a atender las necesidades. Si actuaran de otra manera estarían faltando a sus responsabilidades. Aún así, los buenos cristianos también confían en la sabiduría de Dios, por encima de sus habilidades propias. Ellos trabajan fielmente, pero permiten que Dios se preocupe por sus trabajos. Las obras que realizan resultan insignificantes, si tienen en cuenta tan sólo el hecho de que la dignidad de dichas obras se debe a que han sido establecidas por la voluntad de Dios, dispuestas por la Providencia, y proyectadas de acuerdo a Su sabiduría. La sabiduría de Dios es el amor que EL siente por nosotros.

Aún así, el problema del espíritu humano es que éste casi nunca escoge mantenerse en un curso neutral sino que usualmente opta por irse a los extremos. Podemos preocuparnos demasiado por nuestro bienestar, o ser totalmente indiferentes al respecto. Cuando nos empeñamos en tratar de seguir siempre por un camino recto, es natural que de vez en cuando nos inclinemos hacia un extremo u otro. Podemos recobrar nuestro equilibrio si escogemos la sabiduría y la prudencia de Dios, porque éstas nos acercan a Su amor, y nos ayudan a rechazar todo aquello que nos pueda hacer mal.

No permitamos que los deseos terrenales se interpongan en el camino de la sabiduría amorosa de Dios. En la medida en que reorganicemos nuestras vidas por medio de la oración y de la práctica de las virtudes, nos daremos cuenta de que el amor de Dios nos dará la fuerza para actuar equilibradamente, y para que nuestros esfuerzos por vivir sabiamente sean fructíferos. Debemos ser como los niños que con una mano se aferran a sus padres, mientras que con la otra arrancan moras de las zarzas. Así entonces, si con una mano ustedes manejan los bienes de este mundo, con la otra deben sujetar siempre la mano de su Padre celestial, cuya amorosa sabiduría nos proporciona infinidad de medios para que podamos entrar en el reino de los cielos.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales)

Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario (5 de noviembre de 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que debemos ser siervos buenos y fieles que se preocupan por la ley y el pueblo de Dios. San Francisco de Sales nos dice lo siguiente:

Nuestro Señor solo desea que seamos totalmente receptivos a Su voluntad para con nosotros. Cuando acogemos la voluntad de Dios consagramos nuestros corazones a Su amor. Deseamos servir a Dios fielmente tanto en las tareas grandes como en las pequeñas. Las moscas nos incomodan no por su fuerza, sino debido a que son muchas. Igual sucede que muchas tareas triviales nos dan más problemas que aquellas que son importantes. Aunque debemos estar prestar atención a las tareas que Dios nos ha encomendado, no debemos dejar que éstas nos preocupen. La preocupación impide nuestra capacidad para razonar y nubla nuestro buen criterio. Así pues, sin prisa, intenten realizar sus tareas con calma y de manera ordenada, una después de la otra. Con cuidado, pongan en orden sus asuntos para hoy con la mente serena. Mañana se encargarán de poner en orden otras cosas.

La ansiedad es el deseo de escapar de algo difícil en el presente o de obtener un bien que se esperaba. Cuando no tenemos éxito de la manera que deseamos, nos sentimos ansiosos e impacientes. Nada obstaculiza nuestro progreso en el amor sagrado más que ansiedad. Es por ello que debemos tener mucho cuidado de que nuestro corazón sea flexible y receptivo al amor de Dios. Cuando permitimos que el amor divino rija sobre nuestras tareas, nuestro amor no es menor que cuando oramos. Nuestro trabajo y nuestro descanso alaban y sirven felizmente a Dios. Por lo tanto, nuestros deberes diarios brillan como si fueran obras de santidad. Por una sola taza de agua, nuestro Salvador les prometió a sus fieles un mar de dicha perfecta.

Estamos dispuestos a recibir la voluntad de Dios cuando llevamos a cabo con amor nuestras pequeñas obras de caridad y cuando aceptamos todas las pequeñas pruebas a lo largo del día. Tales oportunidades se nos presentan de un momento a otro. Hacer pequeñas obras con una intención realmente pura para complacer a Dios es hacerlas de manera excelente. Entonces nuestras tareas diarias hacen que el amor divino crezca, porque vivimos a Jesús quien nos enseña cómo ser buenos y fieles siervos de Dios.

(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales.)

CONMEMORACIÓN DE TODAS LAS ALMAS (2 de Noviembre de 2017)

Hoy celebramos la Fiesta de todas las almas. En el Evangelio de hoy experimentamos el momento en que Jesús nos revela que fuimos creados para la vida eterna. San Francisco de Sales observa lo siguiente:

Desde las alturas del cielo, Jesucristo nos mira con misericordia y nos invita a llegar allí. Él nos dice, “Vengan, queridas almas, y encuentren el descanso eterno en mis brazos generosos. He preparado deleites imperecederos para ustedes en la abundancia de mi amor”.

Consideren la nobleza y la excelencia de su alma. Nuestra alma es espiritual e inmortal. Reside en nuestro cuerpo; tiene entendimiento; tiene voluntad propia. Nuestra alma es capaz de saber, de razonar de juzgar y de ser virtuosa. En todo esto se parece a Dios, quien nos puso en este mundo para darnos gracia y gloria. Ustedes se preguntarán, “¿Cómo podrá mi alma, de ahora en adelante, entregarse completamente a Dios quien ha realizado tantas maravillas y gracias en mi?”

Al igual que las abejas, que permanecen solo entre las flores vivas, nuestros corazones solo encuentran descanso en Dios. Dios no desea que nuestro corazón encuentre otro lugar de descanso. Como la paloma que salió del arca de Noé solo para regresar a él, nosotros debemos regresar a Dios, quien nos ha mandado adquirir las virtudes sagradas. La verdadera virtud nos acerca a Dios. Aún así, no debemos preocuparnos si nos damos cuenta que somos muy novatos en la práctica de la virtud. El principal beneficio para nuestras almas es que en esta vida tan breve, es que pueden crecer sin límite en el amor por Dios.

Hagamos lo que sea necesario para adquirir las virtudes sagradas, pero si nuestro progreso en la santidad resulta deficiente, permanezcamos en paz y esforcémonos por hacer mejor las cosas a futuro. Debemos cultivar bien nuestras almas y atenderlas. Pero como los cultivos abundantes, el resto depende de Dios. Avancen hacia la eternidad. Aléjense de todo aquello que pueda desviarlos de la senda. Recuérdenle a su alma que merece la eternidad. Llenen su alma de coraje y agradézcanle a Dios, quien los creo para tan gran fin.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, en particular la Introducción a la Vida Devota).

Trigésimo Domingo en el Tiempo Ordinario (29 de Octubre de 2017)

En las lecturas del Evangelio de hoy escuchamos a Jesús decirnos que debemos amar a Dios y a nuestros hermanos. Estos mandamientos son la base de la Espiritualidad Cristiana, y están presentes en todos los escritos de San Francisco de Sales:

Para demostrarnos cuán ferviente es el deseo de Dios por nuestro amor, EL nos exige ese amor en términos maravillosos: “Amarán al Señor con todo su corazón, con toda su alma, y con toda su mente. Este es el primer y más grandioso de todos los mandamientos”. Muchas veces nosotros creemos que Dios es tan grande, y nosotros tan pequeños, que seremos incapaces de amarlo. Entonces, para que no nos desanimemos y nos alejemos del amor de Dios, se nos ha dicho que somos sumamente capaces de amarlo con toda nuestra fuerza, incluso a pesar del pecado.

Amar a Dios por encima de todas las cosas significa que debemos colocar a Dios por sobre todos nuestros ídolos; porque nuestros corazones tienden a perseguir demasiadas cosas materiales y consuelos espirituales. Más aún, tan pronto como las obtenemos se agita en nosotros el deseo de empezar a buscarlos de nuevo. Nada nunca satisface nuestro corazón. La voluntad de Dios es que nuestro corazón no halle morada permanente en nuestros ídolos; que sea libre para regresar a EL, de quien proviene. Las abejas sólo pueden posarse sobre las flores que han florecido. Igualmente sucede con nuestro corazón. Nuestro corazón sólo puede hallar descanso en el amor de Dios. ¿Por qué entonces queremos interferir con ese deseo que sentimos por el amor de Dios, y nos dedicamos a perseguir otros amores?

El mandamiento que nos dice que debemos amar a Dios es mucho más importante que el mandamiento de amar a nuestros semejantes. Pero nuestra naturaleza se resiste con más fuerza a amar a los demás. Sin embargo, cuando depositamos nuestra confianza en el amor de nuestro Salvador, nos llenamos de coraje para amar la imagen de Dios que habita en los demás, y que frecuentemente está oculta a nuestros ojos. Entonces aprendemos a reconocer la semejanza con el Creador presente en nosotros y en los demás. Porque amar a Dios plenamente es amar todo aquello que es de Dios, y que está presente en todas las criaturas. Imitemos a Jesús, quien nos enseño mucho más a través de Sus obras que de Sus palabras. Nos enseño cómo amar a nuestro Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente, y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

(Adaptación tomada de los escritos de San Francisco de Sales, particularmente El tratado del Amor de Dios).

Vigesimonoveno Domingo en el Tiempo Ordinario (22 de Octubre de 2017)

El Evangelio de hoy nos dice que debemos dar a Dios lo que es de Dios, y al estado lo que pertenece al estado. San Francisco de Sales observa que, para poder disfrutar de un estado justo, debemos obedecer a aquellos a quienes Dios ha otorgado la autoridad para gobernar. Sin embargo, él se enfoca más en lo que “es de Dios”, y lo explica a través del concepto de “la obediencia del amor”:

Nosotros poseemos un deseo natural de amar a Dios, que también nos dice que pertenecemos a EL. Somos como ciervos que llevan las iniciales de su dueño grabadas en la piel. Aún cuando él les permite deambular libremente por el bosque, todo el mundo sabe a quién pertenecen dichos ciervos. De manera similar, nosotros también somos libres, y nuestra inclinación natural de amar a Dios permite a nuestros amigos y enemigos saber que pertenecemos a EL, quien desea mantenernos unidos bajo la “obediencia del amor”.

Esta obediencia del amor consagra nuestro corazón al amor y al servicio de Dios. Jesús es el modelo a seguir. Cuando nosotros depositamos todos nuestros deseos en manos de Dios, estamos permitiendo que sea EL quien nos forme y moldee. Ese tipo de obediencia no necesita de amenazas, ni recompensas, de mandamientos, ni de ley, para despertar en nosotros. Se anticipa a todas estas cosas ya que se entrega libremente a Dios. Con sumo amor se da a la tarea de llevar a cabo todo lo que contribuya a la unión de nuestro corazón con EL, y emprende dicha travesía con naturalidad.

Algunas veces nuestro Señor nos urge a que corramos a toda velocidad para cumplir con las tareas a nuestro cargo. De pronto nos hace detenernos a mitad de la carrera, cuando más afianzados nos sentíamos en nuestro recorrido. Aún cuando debemos hacer todo lo posible por llevar a buen término la obra de Dios, debemos también acoger los resultados con tranquilidad. Nuestra obligación es sembrar y regar cuidadosamente, pero el crecimiento pertenece exclusivamente a Dios.

No obstante, del mismo modo en que una dulce madre guía a sus pequeños hijos, les ayuda, y los sostiene en la medida en que ella ve la necesidad de hacerlo, nuestro Salvador también nos carga, y nos toma de la mano cuando nos enfrentamos a dificultades insoportables. Disfrutemos entonces de la serenidad de corazón, adoptando la obediencia del amor que nos une a Dios, a quien pertenecemos.

(Adaptación tomada de la obra de San Francisco de Sales, en particular el Tratado Sobre el Amor de Dios)

Vigesimoctavo Domingo en el Tiempo Ordinario (15 de Octubre de 2017)

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús decirnos que quienes responden a la abundante gracia de Dios podrán entrar en Su reino. San Francisco de Sales nos habla un poco más acerca de esa respuesta que se espera de nosotros:

La bondad suprema de Dios ha vertido abundantes bendiciones sobre toda la familia humana. La voluntad de Dios es que todos logremos la salvación por medio del conocimiento de la verdad que nuestro Salvador vino a entregarnos- el fuego del amor sagrado- y desea que éste permanezca encendido en nuestros corazones.

¡Con qué fervor Dios desea nuestro amor! EL nos demuestra ese deseo colmándonos de amor divino. Dios, el sol de la justicia, nos envía numerosos rayos de inspiración, calienta nuestros corazones con bendiciones, y toca a cada uno de nosotros con el encanto del amor divino. La inspiración de Dios es la fuerza que da aliento a nuestra voluntad; la ayuda, la refuerza, y la mueve con tan suma gentileza que ésta acaba deseando volar libremente en busca del bien que encuentra en la inspiración de Dios.

Dios depositó en sus corazones las inspiraciones sagradas y ustedes las recibieron; cooperaron con ellas al consentirlas. Su voluntad comenzó a moverse libremente al unísono de la gracia celestial. Dios continuó fortaleciendo sus corazones a través de varios movimientos; hasta que finalmente llegó el momento en que EL inculcó en ustedes el amor sagrado, y ese amor se convirtió en fuente de vida y salud perfecta. No obstante, en todo momento ustedes tuvieron la libertad para aceptar o rechazar la divina bondad.

Solía decirse que un pequeño pez poseía el poder para detener a un buque navegando en alta mar. Sin embargo, ese pez no tenía el poder para hacer que el barco zarpara. Igual sucede con nuestro libre albedrio. Cuando el viento favorable de la gracia de Dios llena nuestra alma, todos tenemos plena libertad de escoger si lo recibimos, o lo rechazamos. Pero cuando nuestro espíritu zarpa, y se encamina una prospera travesía, no somos nosotros quienes hacemos que los vientos de la inspiración nos lleguen. Es Dios quien mueve el barco, que es nuestro corazón. Nosotros simplemente recibimos y consentimos ese viento proveniente del cielo. ¡Bienaventurados son aquellos que responden a la palabra de Jesús desde el fondo de sus corazones, porque el Reino de Dios les pertenece!

(Adaptación tomada del Tratado Sobre el Amor de Dios, de San Francisco de Sales)

Vigesimoséptimo Domingo en el Tiempo Ordinario (8 de Octubre de 2017)

En las lecturas del Evangelio de hoy Jesús nos dice que el Reino de Dios le será otorgado a aquellos que caminan por la senda del Señor, que es la senda de la verdad y del amor sagrado. San Francisco de Sales ahonda un poco más sobre este tema cuando nos dice:

¡Qué felices seremos si amamos esa divina Bondad que ha dispuesto tales favores y bendiciones para nosotros! Dios se convirtió en uno de nosotros para que pudiésemos ser como EL. Nuestro Salvador nos dio Su vida, no sólo para que curáramos a los enfermos, para que obráramos milagros, y para enseñarnos lo que debemos hacer para poder llevar una vida llena de alabanza y salud. El también dedico su vida entera a moldear Su propia cruz, soportando los insultos de todos aquellos por quienes hizo tanto bien. El escogió dar Su vida por Su pueblo, que ultimadamente lo rechazó.

Vivir en nuestro mundo, y vivir en contra de los valores culturales que enfatizan la necesidad de poseer riquezas materiales, que exaltan la ambición egoísta y el poder, equivale a nadar contra la corriente del río de esta vida. Sin embargo, nosotros podemos deshacernos de todas estas pasiones desordenadas si ponemos en práctica la gentileza interior, la humildad, la sencillez, y por encima de todo, el amor sagrado. Cuando desechamos todo aquello que habita en nosotros, que no proviene de Dios, estamos haciendo un esfuerzo por llevar una autentica vida humana de verdad y amor sagrado. Dado que nadie puede alcanzar una vida así sin la ayuda de Dios, esa vida requiere que continuamente nos apartemos de nosotros mismos para recibir la bondad que EL nos ofrece. Quienes escogen el amor divino de Dios viven por encima de sus deseos egoístas: ya no viven por ellos mismos, sino que viven en, y por el Salvador.

Las abejas primero son larvas, pero abandonan dicho estado para poder convertirse en abejas voladoras. Nosotros hacemos lo mismo. Si llevamos una vida de gracia, lograremos una nueva existencia humana más sublime de la que teníamos antes de que aceptáramos el amor de Dios. Esta nueva vida de amor celestial anima y revive nuestra alma. Entonces, con la ayuda de Dios, adquiriremos la capacidad de dedicar nuestra existencia a caminar por la senda del amor divino. Como los hijos más queridos de Dios, podremos cosechar generosamente los frutos de la verdad y del amor sagrado que se encuentran en el Reino de Dios.

(Adaptación de los escritos de San Francisco de Sales, en especial los Sermones, L. Fiorelli, Ediciones)