Segundo Domingo de Adviento (Diciembre 4, 2016)

Énfasis Sugerido

“El no juzgará por apariencias, y no decidirá basado en rumores. Por el contrario, él juzgará… con justicia.”

Perspectiva Salesiana

La selección de hoy, del libro del profeta Isaías, está llena de promesa y de esperanza: una esperanza arraigada en la promesa de que Dios es justo, que Dios no tiene favoritismos. Esta promesa está personificada en Jesús el Salvador, quien está lleno del espíritu de Dios; un espíritu lleno de sabiduría y de entendimiento. Nosotros esperamos que este mismo espíritu, que tanto avivó el ministerio de Jesús, nos otorgue también a nosotros los dones de la sabiduría y del entendimiento.

Los dones divinos de la sabiduría y del entendimiento no nos son otorgados a un bajo precio: de hecho, siempre vienen acompañados de grandes expectativas: una, que juzguemos a los demás ‘sin basarnos en apariencias o en rumores, sino con justicia.’ Dicho de otra forma, seguidores de Jesús – hijos e hijas del Dios creador, redentor e inspirador- no juzguen prematuramente.

San Francisco de Sales escribió en su Introducción a la Vida Devota: “ Como ofenden a Dios los juicios prematuros! Son como una especie de ictericia espiritual que hace que todas las cosas parezcan malas a los ojos de aquellos que está infectados con ella” (IDL, Parte 3, Capítulo 28)

Los juicios apresurados pocas veces –– casi nunca –– están basados en los hechos. Los juicios prematuros se fundamentan en las apariencias, las impresiones, los rumores y los chismes. Los juicios prematuros se hacen en un instante (por eso muchas veces se les llama juicios ‘a la ligera’) y generalmente tienen base en la emoción y no en la razón.

Los juicios prematuros tienen muy poco que ver con los comportamientos de nuestros semejantes, y mucho más que ver con las maquinaciones, y la disposición de nuestros corazones. Cuando juzgamos a los demás ‘a la ligera’ lo que realmente estamos haciendo es exponer nuestra arrogancia, nuestro miedo, nuestro egocentrismo, nuestra amargura, nuestros cellos, nuestro resentimiento, nuestro odio, nuestra envidia y nuestra condescendencia para con los demás.

Sólo cuando nos juzgamos entre nosotros con justicia seremos capaces de verdaderamente “vivir en perfecta armonía y de acuerdo con el espíritu de Jesucristo.” Promover y preservar nuestras relaciones con “paciencia y con ánimo” sólo es posible si nos deshacemos de esa “ictericia,” de los juicios prematuros.

Francisco de Sales escribió: “Quien quiera ser curado (de hacer juicios prematuros) debe aplicar remedios, no a sus ojos o a su intelecto, sino a sus afectos. Si sus afectos son amables, sus juicios también lo serán.” (Ibid)

Crecer en sabiduría y en entendimiento requiere que nuestros juicios sean rectos: deben estar basados en los hechos, no en la ficción; arraigados en la sensibilidad y no en la sospecha; enfocados en el comportamiento y no en los prejuicios. Nuestros juicios deben ser concebidos en la verdad, deben estar comprometidos con la justicia y caracterizados por la compasión.