SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA (Abril 23, 2017)

Enfasis Sugerido

“El les mostró sus manos y su costado.”

Perspectiva Salesiana

En la víspera de la crucifixión y muerte de Jesús, los apóstoles se encerraron temerosos. Ellos temían sufrir el mismo castigo que su maestro.

Aún en su reclusión, Jesús se abre paso en sus vidas: no solo en el espacio físico en el cual se habían refugiado, Jesús también entro en la base de sus mentes y sus corazones. Jesús intenta calmar sus miedos, los reta a estar en paz; hace esto de una manera casi polémica y misteriosa: Mostrándoles las heridas de sus manos y su costado.

La experiencia de la resurrección no removió las cicatrices de las heridas que Jesús sufrió: las marcas de dolor, la decepción, los malos entendidos, la negación, la humillación, el abandono, el sufrimiento y la muerte. Aún así, y a pesar de las heridas, la resurrección de Cristo es una poderosa demostración de que el dolor, la tristeza, el sufrimiento y la injusticia—tan reales como fueron – no tuvieron la última palabra. Mientras el sufrimiento fue claramente una parte de la vida de Jesús, había mucho más en su vida que el sufrimiento.

San Francisco escribió “Debemos recordar que nuestro Señor nos ha salvado a través de su sufrimiento y resistencia, y que debemos trabajar por nuestra salvación a través de sufrimientos y aflicciones, soportando las heridas, negaciones y molestias que encontremos.” ( Introducción a la Vida Devota, Parte III, Capitulo 3)

Todos nosotros cargamos con las heridas del fracaso, la decepción, el engaño y la pérdida. Nuestros corazones, nuestras mentes, nuestros recuerdos – nuestras almas – llevan consigo las cicatrices como prueba de ello. Igual que los apóstoles, nosotros también somos tentados a alejarnos de los demás, a encerrarnos en un rincón emocional y espiritual apartado, viviendo en el miedo de que un nuevo dolor o una nueva decepción lleguen a nosotros. Por supuesto, al retirarnos de la vida de una forma figurativa – a veces literalmente – morimos.

Jesús claramente demuestra, a través de su propia vida, que nuestras heridas no deben inhabilitarnos ni abrumarnos. Aún cuando estas heridas pueden ser permanentes, no deben robarnos de nuestro poder ni de la promesa de la recuperación, la renovación – la resurrección – a menos que nos desesperemos, a menos que nos dejemos vencer por los clavos de la negatividad

Las heridas de nuestro pasado seguramente dejaran su huella en nuestro presente: pero no determinan el curso de nuestro futuro. Vuélvete al amor de Jesús quien sabe lo que significa el estar herido, y quien nos demuestra como seguir a través y más allá de nuestras heridas y las cicatrices que estas dejan. San Francisco de Sales escribió: “Dirijan sus rostros hacia Cristo crucificado, desnudo, blasfemado, difamado, abandonado y abrumado por toda clase de cansancio, de tristeza, de dolor y de labor.” Jesús triunfo sobre las heridas de su humanidad: Y así mismo, con la ayuda de Dios, podemos hacerlo nosotros.

Para estar seguros, la vida puede ser dura. Como lo fue en el caso de Jesús, aun así, nosotros podemos ser mucho más Fuertes.